Un regalo de Dios (Jn 3,14-21)

Evangelio: Jn 3,14-21
En aquel tiempo dijo Jesús a Nicodemo: «Lo mismo que Moisés levantó la serpiente de bronce en el desierto, el Hijo del hombre tiene que ser levantado en alto, para que todo el que crea en él tenga vida eterna. Tanto amó Dios al mundo que le dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Dios no envió a su Hijo al mundo para condenarlo, sino para salvarlo por medio de él. El que cree en él no será condenado; por el contrario, el que no cree en él ya está condenado, por no haber creído en el Hijo único de Dios. El motivo de está condenación está en que la luz vino al mundo, pero los hombres prefirieron la oscuridad a la luz, porque su conducta era mala. Todo el que obra mal detesta la luz y la rehúye por miedo a que su conducta quede descubierta. Sin embargo, aquel que actúa conforme a la verdad, se acerca a la luz, para que se vea que toda su conducta está inspirada por Dios».

Fruto: Valorar el inmenso amor de Dios Padre, que nos da a su propio Hijo.

Pautas para la reflexión:
Es común que cuando acudimos a un cumpleaños, o cuando visitamos a algún amigo que no veíamos desde hace tiempo, le mostremos nuestro aprecio haciéndole un regalo. Este gesto exterioriza el aprecio que sentimos por esa persona, aun cuando el regalo sea sencillo. Quien recibe un regalo recibe, en primer lugar, un gesto de amistad.

1. Dios Padre me regala a su Hijo
Este profundo significado, que está envuelto con cualquier regalo que recibamos, es uno de los mensajes que nos trae el evangelio que acabamos de leer: Dios Padre, el mejor de los padres, ha hecho un regalo a la humanidad. No es indiferente a sus criaturas, sino que nos mima con cariño, con el mismo cariño que anima a una madre hacia su bebé de pocos meses. Dios hace todo a lo grande, y también sus regalos siempre son a lo grande. Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo. Dios no nos hace un regalito sin importancia, simbólico, para salir al paso; no. Dios nos da el mayor regalo que tiene a su alcance: a su propio hijo. Sabía que esto suponía un sacrificio para Jesus, verdadero Dios, que se rebaja a hacerse hombre, pero ama tanto a sus criaturas que les entrega todo, TODO.

2. Dios quiere que todo hombre se salve
El regalo del Padre tiene un fin muy claro, un objetivo que anhela cumplir: lograr que todos los hombres lleguen a la vida eterna, al cielo. Dios no ha mandado a su hijo al mundo para condenarle, sino para que el mundo se salve por Él. La mentalidad de la época tenía muy arraigada la ley del Talión: Ojo por ojo y diente por diente: si tú me das, yo te premio y si tú me ofendes, te castigo. Por eso Jesucristo le insiste a Nicodemo que el corazón de Dios Padre no funciona así. Dios quiere el bien de todas sus criaturas, nos ha entregado a su propio Hijo y siempre está dispuesto a perdonarnos y a acogernos. Si nos ha entregado tanto, si se ha entregado tanto, ¿cómo nos va a abandonar? Él desea perdonarnos.

3. Dejarme iluminar por Cristo
¿Por qué si Dios ama tanto a los hombres, muchos fariseos le respondieron con la crucifixión de su Hijo Jesucristo? ¡Qué contradicción! En este evangelio se atisba una respuesta: Dios es luz, ilumina a todo hombre, y a veces esa luz nos incomoda. La luz vino al mundo, pero muchos no la recibieron, prefirieron continuar en las tinieblas iluminados por la tenue luz del amor egoista. Cristo incomoda, exige, no deja indiferente a quien le ha experimentado, puede llenar el corazón de gozo y satisfacción y ponernos entre la espada y la pared haciendo luz a nuestro egoísmo, soberbia, orgullo. ¿Qué elegimos? Dios nos da el regalo de su Hijo, pero está en cada uno de nosotros el aceptarlo o no.

Propósito: Hoy voy a hacer un acto de caridad material ayudando a Jesucristo en alguna persona pobre.

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