mi carne

Viernes 15 de abril – ¿Puede haber un acto más conmovedor?

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

¡Cristo, Rey Nuestro! ¡Venga tu Reino!

 Oración preparatoria (para ponerme en presencia de Dios)

Señor, Tú me invitas a estar siempre junto a Ti. Hoy deseo acoger este llamado en mi interior. Te ofrezco el esfuerzo de apartarme de mi ritmo cotidiano pues quiero estar contigo y escucharte. Concédeme una fe sencilla que oriente mi vida a mirarte en cada instante. Abre mi corazón a una confianza tierna que sepa abandonarse en Ti ante cualquier oscuridad. Regálame un amor que solamente ofrezca entrega. En tus manos pongo esta meditación, Madre mía.

Evangelio del día (para orientar tu meditación)

Del santo Evangelio según san Juan 6, 52-59

En aquel tiempo, los judíos se pusieron a discutir entre sí: «¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?»

Jesús les dijo: «Yo les aseguro: Si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no podrán tener vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna y yo lo resucitaré el último día.

Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí y yo en él. Como el Padre, que me ha enviado, posee la vida y yo vivo por él, así también el que me come vivirá por mí.

Este es el pan que ha bajado del cielo; no es como el maná que comieron sus padres, pues murieron. El que come de este pan vivirá para siempre».

Esto lo dijo Jesús enseñando en la sinagoga de Cafarnaúm.

Palabra del Señor.

Medita lo que Dios te dice en el Evangelio

El centro del cristianismo es –efectivamente- Cristo. Al mirar otros lugares de culto llama siempre la atención la ausencia de un reclinatorio, de un lugar para inclinarse con el cuerpo, hasta poner las rodillas hacia el suelo: agacharse, humillarse, adorar, amar. Nos parece tan sencillo el «poseer» a todo un Dios en una cuenca de pared. Es duro este lenguaje, ¿quién puede escucharlo?, se decían entre sí los que escuchaban las palabras del Señor. En verdad es duro y es difícil comprenderlo, porque ciertamente no consiste en ello. Consiste simplemente en acogerlo -y se torna bello. Todo un Dios en un sagrario a la espera de que alguien lo visite, ¿puede haber un acto más conmovedor?, ¿puede haber un deseo más enternecedor que el de Ti, mi Creador, anhelando unirse a mí, su creatura?

Y todo es puro don, Dios mío: don del amor, don que se acoge con el don de la fe. Tu carne es verdadera comida, tu sangre es verdadera bebida. Y el que come tu carne y bebe tu sangre, permanece en Ti y Tú en él. El que te come vivirá por Ti. Tú eres el pan que descendió del cielo, y el que coma de este pan vivirá para siempre. Esto lo dijiste Tú, Señor Dios mío –y la verdad de cada palabra pronunciada se confirma con el testimonio de tu amor. Yo confieso con el mismo amor la fe en Ti. Gracias por el don de la fe. Gracias por el don de Ti mismo en la Eucaristía, Señor.

«Jesús se identifica con ese pan partido y compartido, y eso se convierte para Él en “signo” del Sacrificio que le espera. Este proceso tiene su cúlmen en la Última Cena, donde el pan y el vino se convierten realmente en su Cuerpo y su Sangre. Y la eucaristía, que Jesús nos deja con un fin preciso: que nosotros podamos convertirnos en una sola cosa con Él. De hecho dice: “Quien come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él” (v. 56). Ese permanecer en Jesús y Jesús en nosotros.  La comunión es asimilación: comiéndole a Él, nos hacemos como Él. Pero esto requiere nuestro “sí”, nuestra adhesión a la fe.»

(Angelusde S.S. Francisco, 16 de agosto de 2015).

Diálogo con Cristo

Ésta es la parte más importante de tu oración, disponte a platicar con mucho amor con Aquel que te ama.

Propósito

Proponte uno personal. El que más amor implique en respuesta al Amado… o, si crees que es lo que Dios te pide, vive lo que se te sugiere a continuación.

Señor Jesús, invitaré a una persona (algún amigo, a mi cónyuge, a mis hijos, o simplemente a alguien) a visitarte en el Sagrario.

Despedida

Te damos gracias, Señor, por todos tus beneficios, a Ti que vives y reinas por los siglos de los siglos.

Amén.

¡Cristo, Rey nuestro!

¡Venga tu Reino!

Virgen prudentísima, María, Madre de la Iglesia.

Ruega por nosotros.

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.