camino estrecho

Viernes 23 de septiembre – El que quiera amar, aceptará sufrir. San Pío de Pietrelcina, presbítero

Iván Yoed González Aréchiga LC

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
Cristo, Rey nuestro. ¡Venga tu Reino!

Oración preparatoria (para ponerme en presencia de Dios)

Señor, cuántas veces me has llamado y con cuánta paciencia. Tú de verdad me amas y jamás te cansarás de invitarme a estar contigo. El mismo deseo con que Tú me quieres junto a Ti, te lo pido para mí. Quiero estar aquí, Señor, y te doy gracias por llamarme una vez más.

Evangelio del día (para orientar tu meditación)

Del santo Evangelio según san Lucas 9, 18-22

Un día en que Jesús, acompañado de sus discípulos, había ido a un lugar solitario para orar, les preguntó: “¿Quién dice la gente que soy yo?” Ellos contestaron: “Unos dicen que eres Juan el Bautista; otros, que Elías; y otros, que alguno de los antiguos profetas, que ha resucitado”.

Él les dijo: “Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?” Respondió Pedro: “El Mesías de Dios”. Entonces Jesús les ordenó severamente que no lo dijeran a nadie.

Después les dijo: “Es necesario que el Hijo del hombre sufra mucho, que sea rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, que sea entregado a la muerte y que resucite al tercer día”.

Palabra del Señor.

Medita lo que Dios te dice en el Evangelio.

La cruz me confunde. No estoy habituado a ella. Pienso que no podré cargarla.
Cuando uno es pequeño, poco piensa en el dolor y el sufrimiento; pero la vida pronto le enseña en qué consiste. Y al mismo tiempo, incluso cuando uno es pequeño, ya tiene cierto sentido de sacrificio, de renuncia, de un optar entre esto en vez de aquello. Buscamos siempre lo mejor, y muchas veces somos conscientes que un camino estrecho promete más.

El problema surge, quizá, cuando salimos del mundo de la sencillez para entrar al mundo material. Entonces al hombre le enseñan poco a poco que «no se puede ser feliz si se sufre», que necesita disfrutar placeres para conocer la verdadera dicha. Las bienaventuranzas de Cristo quedan sumergidas en el vacío y se vuelven paradojas para todo hombre. ¿Los pobres pueden ser más felices que los ricos?, ¿los perseguidos más que los persecutores?, ¿los que tienen hambre y sed de justicia más que los indiferentes?, ¿los humillados más que los aclamados?… son ilusos a los ojos de muchos. A los ojos de Dios, grandes.

El camino estrecho, comprobado por la historia de tantos hombres, es aquél que trae el verdadero triunfo, la satisfacción real. Y qué camino más bello y al mismo tiempo más estrecho, que el de dar la propia vida. Es estrecho. Conlleva verdadero dolor. Pero «si no hubiese sufrimiento, no habría tampoco amor» diría en su tiempo el Cardenal Joseph Ratzinger.

El que quiera amar, aceptará sufrir. El uno conlleva el otro. Ése el misterio del hombre. Pero un hermoso misterio. Tú nos lo enseñaste. Era necesario que el Hijo del hombre sufriera mucho, que fuese rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, por los suyos y que fuese entregado a la muerte para que resucitase al tercer día.
Y lo aceptaste a pleno corazón. Quiero imitarte, Dios mío.

«Para mí, para ti… ¿Quién es Jesús para cada uno de nosotros? Estamos llamados a hacer de la respuesta de Pedro nuestra respuesta, profesando con gozo que Jesús es el Hijo de Dios, la Palabra eterna del Padre que se ha hecho hombre para redimir a la humanidad, derramando en ella la abundancia de la misericordia divina. El mundo tiene hoy más que nunca necesidad de Cristo, de su salvación, de su amor misericordioso.»
(Homilía de S.S. Francisco, 19 de junio de 2016).

Diálogo con Cristo

Ésta es la parte más importante de tu oración, disponte a platicar con mucho amor con Aquel que te ama.

Propósito

Proponte uno personal. El que más amor implique en respuesta al Amado… o, si crees que es lo que Dios te pide, vive lo que se te sugiere a continuación.
¿Hay alguna cosa, algo en mi vida que me niego aceptar? Te pido tu gracia, Señor. Ayúdame a acogerla y a llevarla con amor.

Despedida

Te damos gracias, Señor, por todos tus beneficios, a Ti que vives y reinas por los siglos de los siglos.

Amén.

¡Cristo, Rey nuestro!

¡Venga tu Reino!

Virgen prudentísima, María, Madre de la Iglesia.

Ruega por nosotros.

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

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