Juan es su nombre

Viernes 24 de abril – El mayor entre los profetas.

Natividad de san Juan Bautista

Iván Yoed Glez. LC

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Cristo, Rey nuestro. ¡Venga tu Reino!

Oración preparatoria (para ponerme en presencia de Dios)

Jesucristo, mi mejor amigo, mi humilde Rey y Dios misericordioso. ¿Qué me trae a Ti, Señor?, ¿qué me atrae de Ti? Lo sé y al mismo tiempo no lo sé. Hay en mi alma un deseo inagotable por lo eterno, por lo que no perece, por lo que no transita sin regreso, por lo que no es efímero. Muchas veces tengo esta certeza, pero la abandono en muchas otras. Mas hoy, heme aquí en tu presencia, heme aquí por tu gracia, porque por tu amor, por tu llamado es que vengo a encontrarme contigo una vez más. Amén.

Evangelio del día (para orientar tu meditación)

Del santo Evangelio según san Lucas 1, 57-66. 80

Por aquellos días, le llegó a Isabel la hora de dar a luz y tuvo un hijo. Cuando sus vecinos y parientes se enteraron de que el Señor le había manifestado tan grande misericordia, se regocijaron con ella.

A los ocho días fueron a circuncidar al niño y le querían poner Zacarías, como su padre; pero la madre se opuso, diciéndoles: «No, su nombre será Juan». Ellos le decían: «Pero si ninguno de tus parientes se llama así».

Entonces le preguntaron por señas al padre cómo quería que se llamara el niño. Él pidió una tablilla y escribió: «Juan es su nombre». Todos se quedaron extrañados. En ese momento a Zacarías se le soltó la lengua, recobró el habla y empezó a bendecir a Dios.

Un sentimiento de temor se apoderó de los vecinos y en toda la región montañosa de Judea se comentaba este suceso. Cuantos se enteraban de ello se preguntaban impresionados: «¿Qué va a ser de este niño?». Esto lo decían, porque realmente la mano de Dios estaba con él.

El niño se iba desarrollando físicamente y su espíritu se iba fortaleciendo, y vivió en el desierto hasta el día en que se dio a conocer al pueblo de Israel.

Palabra del Señor.

Medita lo que Dios te dice en el Evangelio.

Jesús mío, te doy gracias por poner ante mis ojos este pasaje. Permíteme admirar unos instantes el ejemplo bello de esta hermosa historia.

Zacarías e Isabel… pareja judía, anciana, justa, que vivía siempre bajo la mirada de su Dios. Entre los judíos la paternidad y la maternidad venían vistas como una dicha, como un don verdadero –tenían razón. ¡Y con qué sencillez habían esperado que el Señor les hubiese otorgado un hijo!… pero no le habían podido tener. Dios les había manifestado su amor con otra cruz que pocos recibían, y ellos la habían aceptado con amor.

Y con el mismo amor con que acogieron la primera bendición, recibieron la segunda, anunciada por el ángel. Habían aceptado su primera cruz, pero como judíos aún veían el gozo de tener un hijo como una verdadera bendición. Para ellos él venía a ser aquél que habría de prolongar el camino de la familia, aquél que andaría el sendero del amor que un día comenzó entre un hombre y una mujer. Y este niño, como todo niño en la mirada de Dios, sería especial. Juan sería su nombre, es decir, «Dios es misericordioso». ¿Hay mensaje que pudiese dar más gozo que éste?

Y el pequeño Juan crecería entre un padre y una madre que le amarán, le enseñarán el regalo hermoso de la fe, de tal forma que el mensaje de su nombre, el mensaje que el Señor había preparado para él, llegaría verdaderamente a florecer.

El pequeño aprendería a ver a Dios con respeto

El pequeño aprendería a ver a Dios con respeto, con un sano temor y con una confianza espontánea. Este niño llegaría a convertirse en mensajero del Mesías. Voz que clama en el desierto «preparad los caminos del Señor», sería el nombre que él se daría de sí mismo. Hombre humilde, el mayor entre los profetas y, sin embargo, el más pequeño en el Reino de los cielos podría ser mayor que él, dirías Tú, Señor Jesús, en el Evangelio.

¿Qué quisiste enseñarnos al dejar plasmado en tu Evangelio este hermoso testimonio?, ¿qué deseabas compartirnos con el testimonio de esta familia judía, y de este valiente mensajero de tu Reino? Tanto, seguramente tanto, Dios mío: el amor entre dos esposos, la apertura no simplemente pasiva a la vida, sino una incluso dinámica, activa, portadora de tu amor, de futuro para el mundo, de mensaje de tu Reino. Quisiste enseñarnos el fruto que podría retoñar de una familia entre la cual viviera Dios. Y quisiste enseñarnos el fruto que vendría a brotar de un alma, que acogiera tu amor misericordioso entre su poquedad. Y que aceptara el cometido de anunciar tu Reino en este mundo, de abrir paso a su Señor entre los corazones de los hombres y de abrir la puerta de las almas a tu amor.

(Homilía de S.S. Francisco,  5 de febrero  de 2016, en Santa Marta).

«“No, no, yo no. Hay otro que viene detrás de mí: ese es. Yo soy solamente la voz que grita en el desierto”. San Agustín nos hace pensar bien cuando dice: “Sí, Juan dice de sí mismo que es la voz, porque detrás de él viene la Palabra”. Y Cristo es la Palabra de Dios, el verbo de Dios. En verdad Juan es grande. Grande cuando dice que no es él aquel a quien esperan: precisamente aquella frase es su destino, su programa de vida: “Aquel, el que viene detrás de mí, debe crecer; yo, en cambio, disminuir”. Precisamente así fue la vida de Juan: disminuir, disminuir, disminuir y acabar de esta manera tan prosaica, en el anonimato. Y así, Juan fue alguien grande que no buscó su propia gloria, sino la de Dios.»

Diálogo con Cristo

Ésta es la parte más importante de tu oración, disponte a platicar con mucho amor con Aquel que te ama.

Propósito

Proponte uno personal. El que más amor implique en respuesta al Amado… o, si crees que es lo que Dios te pide, vive lo que se te sugiere a continuación.

Hoy rezaré un misterio del rosario por las personas que viven bajo presión de aborto, para que confíen en Ti, Señor, que bendices a todo aquél que se abre a tu providencia, a tu amor.

Despedida

Te damos gracias, Señor, por todos tus beneficios, a Ti que vives y reinas por los siglos de los siglos.

Amén.

 

¡Cristo, Rey nuestro!

¡Venga tu Reino!

 

Virgen prudentísima, María, Madre de la Iglesia.

Ruega por nosotros.

 

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.