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Štefan Kavecký, L.C.

Si dejas a Dios escribir la historia de tu vida, no te vas a arrepentir

Me sentí traicionado y confundido. Esta confusión duró finalmente unos cuatro años, durante los cuales me di cuenta de que la parte más importante de la vocación es el amor a Jesucristo. Yo pensaba que Cristo necesitaba mis manos y mis esfuerzos en el apostolado y no consideraba que Él quiere ser, sobre todo, el número uno de mi corazón.

Soy el menor de los cuatro hijos y con mis hermanos hemos sido monaguillos desde que yo tenía cuatro años. A decir verdad, la idea del sacerdocio me vino muy temprano. Un día, cuándo estábamos volviendo de la escuela, mi hermano mayor me preguntó: “¿Qué quieres hacer cuando seas grande?” Yo tenía siete años y él once. Sin pensar mucho le respondí que quería ser un sacristán, pero inmediatamente después se me ocurrió, “y ¿por qué no, de una vez, el sacerdote?” Luego llegamos a casa y todo siguió igual. Un año después vino a nuestro colegio una periodista y nos hizo la misma pregunta: “¿niños, qué quieren hacer cuando sean grandes?” Yo, entonces, con ocho años, respondí que quería ser o sacerdote, obispo o un monje. Al día siguiente la maestra leyó las respuestas en voz alta y cuando leí mi respuesta todos se burlaron y yo, avergonzado, me escondí bajo la mesa. Después de esa experiencia respondí con más cuidado a esta pregunta obligatoria. El deseo de ser sacerdote permaneció en mí hasta que tenía once años; luego quería ser maestro en un colegio, cantante famoso, médico… En el año 2001 empezaron a suceder varias cosas. En agosto, participé en unos ejercicios espirituales con los Salesianos y durante la confesión me volvió el deseo de ser sacerdote, y desde entonces se quedó. Luego, en nuestra parroquia hubo un cursillo sobre la iniciación cristiana y durante este cursillo sentí que Dios me amaba a mí; fue una experiencia personal y sensible que se ha repetido muchas veces. Mientras estaba yendo a ese cursillo, un amigo me preguntó si no quería ir a Italia en las vacaciones del otoño. Ni tenía pasaporte, ni sabría por qué ir, pero me gustaba la idea de conocer Italia. En ese viaje vi por primera vez a un legionario de Cristo, el P. Michael Duffy. Los días pasaron muy rápido y volvimos a casa. Esa experiencia de Gozzanno, Italia, me dejó una buena impresión, pero nada más por el momento. El siguiente año se organizó el viaje por segunda vez. Poco después comenzamos a reunirnos una vez a la semana y yo estaba feliz de pertenecer a ese grupo con personas de mi edad. En 2003, con catorce años, empecé a ser responsable del grupo de los más jóvenes.

Para mí, el sacerdocio y nuestros grupos del ECYD eran dos mundos paralelos. Sí, quería ser sacerdote, pero hasta entonces nunca se me había ocurrido ser legionario. Tenía contacto frecuente y muy bueno con los jesuitas y tal vez pensaba en ser jesuita. Finalmente, la experiencia del apostolado, es decir, de compartir la propia fe en diversos ámbitos, es lo que me hizo crecer en el tiempo cuando varios de mis amigos se alejaron de los sacramentos, de la Iglesia y de Dios. Yo sentía la responsabilidad por mi equipo y por ellos procuraba rezar y ser fiel al sacramento de la penitencia.

En el verano de 2005, antes empezar el último curso en la preparatoria, fui con un amigo durante dos semanas al Noviciado que los legionarios de Cristo tenían en Bad Münstereifel, Alemania, para ver eso de la vocación. Fueron dos semanas bonitas durante las cuales decidí que quería ser sacerdote religioso porque quería vivir en la comunidad. Pero, el ambiente del noviciado me ha dejado la impresión de que no quería volver ahí; creo que era sobre todo por el silencio, por las horas de oración y el ritmo de la vida con el que acabábamos muy cansados al final del día. Volví a mi casa y le dije a mis papás que quería ser sacerdote religioso. Antes no lo habíamos tratado explícitamente. En este momento, mi mamá, con lágrimas en los ojos, me dijo que antes de haber nacido yo, ella, en su oración, le dijo al Señor que si yo nacía sano, me podía tomar para su servicio. Mis papás me apoyaron en todo, sin condición alguna. De hecho, siempre me confirmaron, que cualquiera fuera mi decisión, las puertas la tenía siempre abiertas. Ahora bien, solo quedaba un detalle, es decir, habría que ver dónde y con quién iniciaba mi camino de discernimiento vocacional. Mi criterio era el siguiente: la Providencia ya me estaba preparando y entonces habría que escoger entre aquellos entre quienes ya tenía algún contacto, es decir, los jesuitas, los legionarios y los salesianos. En esos meses, los dos mundos del sacerdocio y el Regnum Christi se empezaron a encontrar en mi vida. Mi segundo criterio de decisión era que hay que dar unos pasos concretos y el Señor ya me mostrará si ese es el camino. Con esto en mente, escribí en mi diario, el 12 de diciembre, que quería ser legionario. El hecho de que era el día de la Virgen de Guadalupe lo vine a saber un año después en el noviciado.  Como he dicho antes, creo que el elemento importante en mi decisión fue la experiencia del apostolado. Durante los meses que transcurrieron entre esa decisión hubo varias señales que me orientaron a pensar que el camino iba por allí y, entonces, me armé de valor y el 10 de julio 2006 salí rumbo al candidatado, que es el periodo de discernimiento previo al Noviciado. A decir verdad, en mi casa saqué todas las cosas de mi cuarto, como que no pensaba en la opción de que durante el candidatado podría discernir que ese no era mi camino. Durante las primeras semanas para mí todo era muy claro. Mirando hacia atrás, con la distancia de los años, reconozco que era poco consciente de lo que estaba haciendo. Estaba bajo una especie de “anestesia espiritual”, que tal vez era necesaria para que tuviera la fuerza de dejarlo todo: mi país, mi familia, mis amigos, mi cultura, mi pequeño universo.

En el Noviciado la “anestesia” estaba perdiendo fuerza y me estaba dando cuenta de las consecuencias de mi decisión y entró la crisis, que luego se profundizó con el escándalo del fundador. Me sentí traicionado y confundido. Esta confusión duró unos cuatro años, durante los cuales me di cuenta que la parte más importante de la vocación es el amor a Jesucristo. Yo pensaba que Cristo necesitaba mis manos y mis esfuerzos en el apostolado y no consideraba que quiere ser, sobre todo, el número uno de mi corazón. Era un periodo difícil de mucha confusión, pues no tenía una respuesta clara a la pregunta de por qué seguir siendo legionario. Para mí, este periodo es un misterio de cómo la gracia de Dios nos lleva adelante con una violencia suave.

Después de las prácticas apostólicas, llegué a Roma con el deseo de concluir el proceso del discernimiento. El momento importante fue durante los ejercicios espirituales de mes. Allí pedí a la Madre del buen consejo para que me ayudara a tomar una decisión según la voluntad de Dios y también me llegó una pregunta que me ayudó a decidirme. En el penúltimo día de los ejercicios, es decir después de 29 días de oración y reflexión, en un momento después de haber corrido unos cinco kilómetros sentí una voz interior, que me preguntó:  “¿Quieres construirte tú mismo tu felicidad o quieres recibirla de mí?” Con todo lo sucedido durante los ejercicios, entendí, que la Providencia me invitaba a seguir por el camino de la vocación sacerdotal y religiosa en la Legión y que allí me está ya regalando y me va a regalar, por los caminos que Él conoce, la felicidad. Luego pasaron dos años de estudio, de oración y trabajo pastoral con los jóvenes en Bratislava. El día de mi ordenación diaconal, mi padrino me regaló un icono, que pude ver con detalle sólo el día siguiente y con una gran impresión, que es difícil poner en palabras, me di cuenta de que era el icono de la Madre del buen consejo. Para mí fue la confirmación de que estaba en el camino que Dios ha pensado para mí. En fin, los senderos del Señor non son siempre muy claros y rectos, pero seguirlo me ha dado una plenitud profunda y quiero concluir diciendo a todos los que han leído estas líneas, que si dejas a Dios escribir la historia de tu vida, no te vas a arrepentir.

El P. Štefan Kavecký, LC nació el 2 de mayo de 1988 en Bratislava, Eslovaquia, cómo último de los cuatro hijos de Štefan y Daniela. Cursó el colegio de San Úrsula en Bratislava y se incorporó en el Regnum Christi en noviembre de 2004. Durante la adolescencia fue responsable de un equipo del ECYD y participó en varias convivencias internacionales. Después de la preparatoria inresó al noviciado de la Legión de Cristo en Alemania. Concluido el noviciado, estudió las humanidades y la filosofía en los Estados Unidos. Durante las prácticas apostólicas apoyó al P. Martin Baranowski, L.C., en la promoción vocacional y durante dos años fue el administrador del Centro vocacional en Bad Münstereifel. Después estudió la teología en Roma. Se ordenó diácono el 5 de mayo de 2017 en Bratislava. El P. Štefan es primer Legionario proveniente de Eslovaquia.

Andrés Orellana, L.C.

Dios es fiel

Yo no tengo ningún familiar sacerdote, ni quise desde siempre, ni tampoco en la familia veíamos la posibilidad de ser sacerdote como algo normal. Para nada. Lo único que recuerdo, cuando era muy pequeño, es haber escuchado a una tía decir que mi abuela decía que tenía cara de obispo español, pero que a mí me gustaban demasiado las mujeres para ser sacerdote (porque siempre bailaba con mis primas de chiquito en las fiestas de la familia).

Hay momentos en los que Dios te permite ver tu vida con una mayor claridad, y te das cuenta que nadad es casualidad, sino que hasta los detalles más pequeños de tu vida forman parte de un plan divino que busca su gloria y tu felicidad, respetando siempre tu libertad y aumentándola. Es así. Dios nos guía a lo largo de toda nuestra vida, en cada momento y en miles de formas. Sin embargo, hay algunos momentos clave, esos puntos en el camino donde se toman las grandes decisiones. Yo puedo reconocer dos de ellos.

El primero fue en sexto grado. Estaba en Oaklawn Academy, un colegio internado llevado por los legionarios en Estados Unidos donde pasé un excelente año de mi vida. Nunca había pensado en serio en ser sacerdote.  Había una tiendita en el colegio donde vendían diferentes cosas, entre ellas algunos libros. Recuerdo que nos dijeron que leyéramos la vida de los santos, pero a mí me parecía algo muy aburrido. Sin embargo, como me encantaba el mar y vi un libro con la cara de san Pedro y una barca, pensé que ése lo podía leer, y lo compré.

Saliendo de la tiendita un amigo me quita el libro y me pregunta: “-a ver, ¿Qué compraste?”. Y en seguida, “¡wow, no sabía que querías ser sacerdote!”. Y Yo: “¡¿Qué?!” …

  • Sí, no te tiene que dar pena, ¡eso es algo muy bueno!
  • Pero yo no quiero ser sacerdote, déjame ver ese libro

Cuando lo vi más de cerca, el libro se llamaba “Peter on the shore” y el subtítulo decía algo como “Cómo seguir tu vocación al sacerdocio”. Inmediatamente le digo:

  • Yo no quise comprar este libro, ¡esto fue un error!
  • Ya lo compraste, léelo
  • No, ¿Estás loco?, a ver si me lavan el cerebro…
  • ¿Qué? ¿tienes miedo?
  • Es que yo no quería comprar ese libro, fue un error.

Después de un breve silencio se me queda viendo y me dice:

  • Dios también habla a través de los errores.
  • Puede ser, pero yo no lo voy a leer.
  • Entonces dámelo, yo lo leo.

 

Y se lo di. Esa noche, reflexionando sobre mi cama, me pregunté: ¿Será que Dios me quiere llamar de verdad? E intenté preguntárselo, pero no funcionó, porque yo no estaba dispuesto. Me dije: no tiene sentido preguntarle esto a Dios si en verdad no estoy dispuesto a hacer lo que Él me pida, a Dios no lo puedes engañar. Entonces me di cuenta de que me tenía que sincerar conmigo mismo primero, antes de hacerle la pregunta a Dios. Hubo una pequeña pero intensa batalla de generosidad en mi interior, porque aun siendo un niño, sabía que ser sacerdote significaba dejar renunciar a muchas cosas buenas y eso no era fácil. Pero finalmente venció la gracia y le dije:

“Ok, Dios, si Tú me llamaras a dártelo todo… yo… ¡te lo daría!”

Y en ese momento entró en mí una paz inexplicable, una paz tan profunda, que supe sin duda alguna que sólo podía venir de Dios. Fue como si Jesús hubiese pasado por la orilla del lago y me hubiese dicho: “¡Sígueme!” y yo, dejando todo, lo seguí, porque le dije a Dios: “Ok, yo te digo que sí, pero no tengo ni idea de cómo. ¡Esto lo tienes que organizar todo Tú!”

Después regresé a Caracas, me olvidé de eso, seguí estudiando, me involucré en proyectos sociales, me incorporé al Regnum Christi, tuve una novia, empecé a estudiar la universidad. Pero, aunque a mí sí, a Dios no se le había olvidado mi palabra.

El segundo momento fue cuando tenía 19 años. Me encontraba en Roma, haciendo unos ejercicios espirituales de ocho días como parte de mi año de colaborador. Ser colaborador dentro del movimiento Regnum Christi es darle un año de tu vida a Cristo para colaborar con su misión apostólica donde Él más te necesite. A mí, curiosamente, me mandaron a Dublin Oak Academy, un colegio internado como Oaklawn, pero en Irlanda.

En los ejercicios espirituales había llegado el momento de contemplar a Jesús en el huerto de Getsemaní. Era la última predicación del día, justo antes de irse a la cama, y yo me quedé rezando sólo en la capilla del centro de estudios superiores. Veía cómo Jesús luchaba, oraba, sudaba, sangraba. Lo veía desde una roca y trataba de entender qué estaba pasando por su mente y por su corazón.

Pensé que primero veía todos los pecados que se habían cometido antes de Él, desde el pecado de nuestros primeros padres hasta ese momento, pasado por todas las aberraciones de los hombres y todas las infidelidades del pueblo de Israel. Él las iba a cargar todas sobre sus espaldas en la cruz, y al sentir tanto dolor, entonces exclamó: “Padre, si es posible, aparta de mí este cáliz…” Luego veía todos los pecados del futuro, desde los que estaban a punto de cometerse, la traición de Judas, la negación de Pedro, la huida de sus apóstoles, la cobardía de Pilato, la crueldad de los soldados romanos, pasando por todos los pecados del mundo hasta llegar a mí y mis pecados. Todos los iba a cargar Él sobre sus espaldas. Esto le dolía demasiado en su alma, y entonces volvió a exclamar “Padre, si es posible, aparta de mí este cáliz…”. Pero lo que más le dolía, veía Jesús en su oración cómo su sangre iba a ser derramada en vano en muchos casos, y esto era lo que más le dolía. Veía todas las veces que los hombres rechazarían el perdón que Él compraría para nosotros con el caro precio de su sangre derramada en la cruz. Sí, hay personas que rechazarían su sacrificio de amor por nosotros, que endurecerían su corazón y no serían capaces de ver ni de aceptar tan grande amor. Pero dice el evangelio que en ese momento un ángel se le apareció para consolarlo. Decía el predicador que el ángel lo consolaba mostrándole todos los frutos de su sacrificio: Los 11 apóstoles darían su vida por Él, predicarían el Evangelio, la Iglesia crecería, se extendería por toda la tierra, educaría a las personas, surgirían santos que transformarían a la sociedad, se fundaría un nuevo orden social basado en el valor infinito de cada persona, millones de personas encontrarían a Dios y recibirían la consolación de saberse perdonados. Hasta que, recorriendo la historia, llegamos a mí.

Es difícil explicarlo, pero me di cuenta de que Cristo ya lo hizo: ¡Él ya murió y resucitó por nosotros! Se arriesgó completamente, regalándonos todo su amor. Él Hizo todo, y su gracia lleva adelante su plan. Ahora, que su entrega haya valido la pena, que dé muchos frutos de salvación, depende de mí.  Lo único que tenía que hacer es no oponerme a él, no ser obstáculos para su desarrollo. Su amor quiere llegar a todas las personas, y Él lo hará de manera admirable si nosotros nos dejamos. Entonces me vino un enorme deseo de ver su rostro, y le dije: “Jesús, toma lo que quieras, haz lo que quieras conmigo. Sólo déjame verte. Déjame verte, Jesús.” Y en ese momento sentí una invitación del Señor, y me vino la imagen de Jesús que extendía su mano derecha hacia mí, invitándome, y con la izquierda me señalaba su corazón. Yo entendí que la invitación era muy concreta: a ir candidatado, y más profundamente, a vivir desde su corazón. Y acepté. Luego lo confirmé con mi director espiritual.

La verdad es que a los que las necesitan más, Dios les da más gracias por lo que no me glorío de las gracias de Dios porque sólo significan que yo, siendo tan débil, las necesitaba más que otros. Desde entonces he estado en Medellín, Alemania, los llanos venezolanos, Estados Unidos, el norte de Italia y Roma siguiendo a Jesús por sus caminos. La enseñanza es que podemos fiarnos completamente de Él, pues Él nos ama y ya nos ha demostrado su amor. Incluso desde nuestra debilidad, podemos fiarnos de Él si Él nos llama, porque si somos infieles, Él permanece fiel, pues no puede negarse a sí mismo” (2 Tim 2, 13).  Esa ha sido mi experiencia y mi alegría. ¡A Él sea la gloria por siempre! Amén.

P. Marcos Salazar, L.C.

Por que no dejar todo y amar mas a Cristo. «No tener miedo ha abrirle las puertas a Dios» JPII

En el pasaje de Emaus, me sorprende el hecho de que Jesús les sale al encuentro a los discípulos, y poco a poco comienza a transformar sus corazones, su vista, sus comentarios. Es así con nosotros, el nos ha salido al encuentro y solo el dejarnos transformar por estar frente a su presencia es una llamada a responder el amor que nos tiene.

 

Es un regalo inmerecido la llamada al sacerdocio. Doy gracias a Dios por haberme llamado y tenido la paciencia para esperarme.

Nací en una familia católica, fui prematuro y con el tiempo supe que mi mamá me había consagrado a la Virgen María, ya que mi salud no era la mas estable.

Sólo Dios sabe cuanto he aprendido de mis padres. Siempre han buscado que esté cerca de Dios con su ejemplo de fe  y amor a la voluntad de Dios en todo momento.

Desde pequeño fui creciendo con esta visión en la cual Dios provee y siempre está ahí para acompañarnos en nuestro camino. Una de las cosas que me impacto desde niño era que escuchaba en casa que en esta vida solo estamos de paso. Por lo que una de las preguntas que mas me surgía era qué pasa después de la muerte. Ya que cuando nació mi madre mi abuela al dar a luz falleció, lo cual ha sido algo que me ha marcado mucho. Sobre todo la presencia de la Virgen Maria en la vida de mi madre. Yo sentía que no nos podemos quedar solo en este peregrinaje, y que a la vez el amor de Dios se tenia que manifestar de una manera palpable en nuestras vidas.

Tengo cuatro hermanos, de mis hermanos solo conocí al Mayor de quien he aprendido mucho y admiro tanto. Mis otros dos hermanos partieron a la casa de Padre antes de que yo naciera. Y creo que esto ha influyo a buscar una respuesta para describir cual era mi misión aquí en la tierra, ya que crecí pensando que mis hermanos habían cumplido su misión en la tierra.

Desde pequeño me gustaban los deportes, por lo que  jugaba mucho fútbol, hasta la edad de once años que me dedique a jugar tenis. Siempre fui apoyado por mis padres para ser constante en el deporte y en los estudios. Tuve la gracia de participar en la selección de tenis del Estado.  Desde los once años a los dieciocho años participaba los fines de semana en los torneos y entrenaba durante la semana.  Aún recuerdo que antes de cada partido me encomendaba a Dios para poder disfrutar el partido y eso me ayudo a ir incrementando mi relación con él, ya que sentía que me escuchaba y me acompañaba mientras yo no estaba en mi ciudad jugando. A esa edad las preocupaciones que tenia eran mínimas pero una de ellas era que Dios cuidara de mis seres queridos y de las personas mas necesitadas.

En mi casa aprendí que siempre hay que estar dispuesto ha ayudar a las personas, ya que desde pequeño veía que en mi casa impartían catecismo para las personas necesitadas y siempre eran bienvenidas para ser escuchadas. Eso me movió mucho a buscar imitar la formación recibida en casa.

Recuerdo que fui invitado a una jornada de la juventud en París, y fue el momento que pude descubrir un ambiente del ECyD fuera de mi ciudad, y darme cuenta que al rededor del mundo existían jóvenes que amaban a Cristo y que había sacerdotes que daban todo lo que tenían por llevar a Cristo a los demás.

La experiencia con Juan Pablo II, fue impactante y sus palabras <<No tener miedo ha abrirle las puertas a Dios>> comenzaron a ser un eco en mi. Sucesivamente con el ECyD y el RC, pude ir en otras ocasiones a ver al Papa Juan Pablo II en México y Roma,  esto fue fortaleciendo mi deseo por descubrir lo que Dios quería de mi.

Ya en tercero de secundaria me invitaron al Centro Estudiantil en la Ciudad de México, y lo primero que me impacto fue la caridad que se vivía entre los miembros. Y a su vez veía que eran jóvenes normales y que además su mejor amigo era Cristo. Esto fue lo que me impacto y me ayudo a querer entrar al CE.

En un momento mi padre se enfermo y tome la decisión de estar mejor en casa con mi familia a estar fuera de mi ciudad. Esto proff                                           voco      que la preparatoria la terminara en el Cumbres de Aguascalientes  y así mismo llevara una vida normal con mis amigos olvidando poco a poco la llamada al sacerdocio.

Termine la preparatoria y al comenzar la carrera de Negocios Internacionales y Administración de Empresas en la Universidad, me dedique a participar en los apostolados de Gente Nueva y Soñar Despierto, esto fue una gran oportunidad para poder vivir el carisma del Movimiento RC con mis amigos. Aún recuerdo los congresos de Gente nueva y como veíamos que la amistad con Cristo y lo que nos gustaba hacer podían ir de la mano. Así mismo me puse  a trabajar y a su vez a organizar conciertos de música con mis amigos, por el simple hecho de querer conocer artistas y ocuparme en algo. A mediados de la carrera comencé a trabajar en Sony Company, en el área de Mercadotecnia y ahí fui descubriendo que no podía continuar mi vida de joven universitario sin quitarme la duda del sacerdocio. Por lo que en la Universidad comencé a ir a Misa entre semana y a pedirle a Dios Nuestro Señor <<que me pidiera lo que quisiera, pero que me diera las fuerza para cumplir su voluntad>>. Se comenzaron abrir oportunidades para estudiar la maestría en España y a su vez un viaje a Tierra Santa. Por lo que comencé a ver que era el momento de tomar una decisión si dejaba a Dios que tomara las riendas de mi vida o si mi gusto personal iba a tomar las decisiones. Al final Dios comenzó a poner los medios y recuerdo perfectamente que le llame a mi mamá para decirle que tenia que tomar la decisión en ese momento por que tenia que confirmar en cualquiera de los dos viajes si contaban conmigo o no. Ese mismo día hubo una persona muy caritativa que me invitaba a ir al Viaje a Tierra Santa y a aclarar mi duda vocacional. Ella se encargaría de los gastos. Ese momento para mi ha sido un de muchos en los cuales veo que las oraciones de los papas son oro pulido para Dios Nuestro Señor. e

Así que existía dentro de mí la duda de si Dios me quería como sacerdote y no sólo como un empresario más. Me di la oportunidad de vivir el candidatado y aclarar mi vocación; Salí después de esos meses con el deseo de ser Legionario de Cristo.

El P. Marcos Salazar, L.C. nació en Aguascalientes, Aguascalientes, el 4 de abril de 1983. Fue alumno del Instituto Cumbres de Aguascalientes. Se incorporó al ECYD en 1º de secundaria y en 1º de preparatoria al Regnum Christi. Fue miembro del Centro Estudiantil. En 2006 ingresó al noviciado de Cornwall, Canada, donde emitió su primera profesión religiosa. Cursó un año de estudios humanísticos en Cheshire, Ct. Estudió el bachillerato en filosofía en el Ateneo Pontificio Regina Apostolorum de Roma. Trabajó tres años como instructor de formación de preparatoria en el Instituto Irlandés de Monterrey y fue miembro del equipo auxiliar de la sección de jóvenes. Regresó a Roma en el 2014 para realizar sus estudios de teología. El 9 de julio de 2016 emitió la profesión perpetua y Actualmente colabora como promotor vocacional en el norte del país de México.

P. Luis Fernando Costa, L.C.

“Consagrado a Nossa Senhora do Perpétuo Socorro…”

Uma coisa é certa: a vocação já está plantada em nós como um pequeno grão, como uma semente em nossos corações. Foi essa certeza que eu sempre levei comigo em minha vida, mas nós precisamos ir amadurecendo esse chamado do Senhor.

 

Desde pequeno eu queria ser padre, e gostaria muito de ser médico também, mas como somos pequenos, às vezes não pensamos muito nesse dom do sacerdócio, e é nos acontecimentos da vida onde Deus começa falar ao nosso coração e consolidar esse chamado que é Dele mesmo. E é aqui que entra minha família e Nossa Senhora do Perpétuo Socorro…

Agradeço a Deus cada dia por ter crescido numa família católica que me ensinou os valores e a fé. Esta é a semente da minha vocação sacerdotal, pois eles foram os instrumentos onde Deus quis colocar o chamado. Lembro que na minha casa sempre rezávamos e iamos à Missa, e era algo que não tinha escolha, pois Deus era o primeiro; isso ficou muito marcado em mim. Era na Missa onde eu mais era tocado por esse chamado de Deus ao sacerdócio; foi nas Missas das quartas-feiras onde havia a Novena de Nossa Senhora do Perpétuo Socorro, onde começou minha vocação, pois eu fiz uma consagração à Ela, dizendo: “Mãe, eu sinto isso no meu coração…eu quero curar o corpo, mas eu também quero curar a alma das pessoas… eu prometo vir aqui todas as quartas-feiras, mas você mostre o caminho que eu devo seguir…Mãe, te consagro minha vida e vocação, mas nos momentos difíceis seja você a minha mãe do perpétuo socorro”. A partir desse dia eu comecei a rezar um mistério do terço todos os dias por essa “consagração” que fiz a Maria, e sempre fui nas Novenas das quartas-feiras, como uma promessa de amor a Maria, para que Ela guiasse aquilo que estava nascendo no meu coração. Para minha família eu não disse nada sobre isso, mas minha mãe percebia que eu estava diferente, e isso ela me disse…

Com o passar do tempo, eu tinha cada vez mais a certeza de que Deus me chamava para ser sacerdote; eu via os padres nas Missas, e dentro de mim crescia cada vez mais o desejo de doar minha vida como eles, para que Deus fosse mais amado no coração das pessoas. Nesse período eu busquei conhecer melhor a vida sacerdotal; fiz encontros vocacionais, conversei com alguns padres, mas sobretudo foi a minha família que me apoiou 100% para seguir a Jesus no sacerdócio.

No ano 1999 fiz vários encontros vocacionais, e foi nesse ano que encontrei os Legionários de Cristo, que seria a confirmação da minha vocação sacerdotal. Desde o primeiro momento tinha a certeza que Deus me chamava à vida religiosa e sacerdotal como sacerdote Legionário. Muitos fatores me impressionaram: a maneira de ser, de vestir, o espírito de oração, mas sobretudo a alegria, pois em definitiva, quando Deus nos chama para qualquer missão Ele quer que sejamos felizes, e desde esse momento sempre sempre fui muito feliz, pois tinha a certeza que Deus me chamava para seguí-lo ali dentro. Nesse ano de 1999 falei bastante com meu diretor espiritual que era uma sacerdote Legionário, e ele me animou a entrar no seminário, coisa que era já certo no meu coração; ele sempre me disse: “onde você se sente feliz, em paz, aí é o sinal de que Deus está agindo na tua vida e te chamando…só fazendo a experiência do Amor de Deus dentro do seminário, só assim você terá a confirmação do Seu Chamado…”. Essas palavras foram decisivas para que eu entrasse no seminário e foram palavras que me acompanharam sempre na minha vida.

No ano seguinte, 2000, entrei no seminário dos Legionários em Curitiba; era o dia 07 de janeiro, dia do meu aniversário, e sempre considerei como um presente de Deus para mim, pois eu estava muito feliz e contente. Aí dentro fiz meu ensino médio e fiz muitos amigos, verdadeiros amigos e irmãos, que nos divertimos muito e crescemos juntos no caminho de fé também. Percebi cada vez melhor que Deus chama a muitos, mas não todos ficam, pois Deus tem um plano para cada um. Esses amigos são amigos para sempre, mas muitos deles já estão casados e tal; eu nunca tive dúvida que Deus me chamava para ser padre, e isso eu fazia crescer sempre no meu coração.

No ano de 2003 chegou o momento de ir para São Paulo para iniciar o Noviciado, um período de dois anos de mais oração e recolhimento na vida religiosa. Por um lado havia a emoção da novidade, mas por outro havia também a saudade de casa, da família, isso nunca afetou, mas como somos humanos, às vezes batia aquela saudade de casa, dos familiares e das coisas, e isso eram as provas que Deus pedia a cada dia: “quem quiser me seguir, tome a sua cruz e me siga, com amor…”. No Noviciado tínhamos adoração ao Santíssimo todos os dias, e nesse momento eu colocava tudo isso nas Mãos de Deus, para que Ele curasse as saudades e desse força; Deus nunca nunca abandonou nesse sentido, e Nossa Senhora do Pérpetuo Socorro continuava tomando o lugar da minha mãe cada vez mais fortemente; Maria sempre estava ali junto comigo, e isso eu vi em todos os momentos da minha vocação, era Ela.

Terminado o Noviciado chegou o momento de passar para Salamanca na Espanha para os estudos humanísticos (latim, grego, literatura, história). Novamente a novidade, agora de estar na Europa e viver essa oportunidade de benção de Deus. Aí permaneci 1 ano inteiro, e só tenho que agradecer a Deus por essa oportunidade única em minha vida. Nos anos de 2006 a 2008 estive cursando a faculdade de Filosofia em Roma; imagina, Roma, o Papa, o centro do Cristianismo…isso era motivo de muita alegria para mim e de motivação para ser um sacerdote santo. Na minha história vocacional o una de qualquer um, sempre existem dificuldades, mas é o amor que transforma tudo; quando eu me sentia um pouco pra baixo, a certeza que Maria estava ao meu lado me erguia novamente; eu sempre senti que Maria guiava tudo o que eu fazia, e isso só aumentava o desejo de ser sacerdote do Seu Filho Jesus, e essa certeza transformava as dificuldades, e nesses momentos a frase de São João da Cruz falava sempre ao meu coração: “onde não exista amor, coloque amor e acharás amor…esse era o Amor de Cristo me me havia escolhido”.

Nos anos de 2008 a 2012 fui enviado para trabalhar como promotor vocacional em Porto Alegre-RS. Palavras para descrever esses anos lá eu não tenho, pois foram os anos mais felizes da minha vida eu acho; eu amava o meu apostolado e era amado por todos, porque quando você ama as pessoas como Jesus as amava, elas retribuem da melhor forma. Esses anos de pastoral no RS foram anos de profunda gratidão a Deus, de crescimento na fé e no amor pela minha vocação, e de eternas amizades, pois as pessoas que encontrei lá as levo sempre no meu coração, na minha oração e na minha vida como pessoas que Deus mesmo colocou no meu caminho e que foram sinais de que Deus me amava muito; e isso eu sinto exatamente agora que estou em Brasília, me sinto amado de verdade, pois sou Jesus para cada um daqueles que eu encontro, e isso é motivo de imensa felicidade.

Depois de tudo isso chegou o período final dos estudos em Roma, do Mestrado em Filosofia e do Bachalerado em Teologia. Esse período foi tranquilo, mas ao mesmo tempo exigente, pela quantidade de coisas que tinha que estudar, e vendo que se aproximava a ordenação. A certeza de Nossa Senhora do Perpétuo Socorro ao meu lado se consolidava cada dia mais e mais. Nesse período meu pai teve um câncer e faleceu; como era difícil consolar a minha família, mas precisando ser consolado também; tenho a certeza que foi Maria quem enxugou as minhas lágrimas de filho; minha mãe estava longe, mas Maria tinha assumido muito bem o lugar dela. A certeza de que Deus me pedia ser sacerdote Legionário sempre permaneceu firme no meu coração e isso era a minha alegria cada dia.

Finalizado os meus estudos teológicos fui ordenado diácono em Curitiba, no dia 22 de julho de 2017, e comecei meu ministério na cidade de Brasília-DF atendendo os jovens e adolescentes. No próximo dia 16 de dezembro de 2017, serei ordenado sacerdote de Cristo, e quero que minha vida seja exatamente o que São Francisco de Assis escreveu na sua oração, que foi a oração que fiz todos os dias no meu período de estudos teológicos em Roma, e que coloco aqui no meu testemunho vocacional também. Em agradecimento a Nossa Senhora do Perpétuo Socorro por tudo o que Ela foi e é para mim e minha vocação, escolhi a Igreja Dela como lugar da minha Primeira Missa Solene como sacerdote, pois se tenho essa Graça foi porque Ela me amou, guiou, acompanhou e confortou em cada instante da minha vocação.

Nossa Senhora, seja sempre a minha Mãe do Perpétuo Socorro!

Senhor, fazei de mim um instrumento da Vossa paz.

Onde houver ódio, que eu leve o amor.
Onde houver ofensa, que eu leve o perdão.
Onde houver discórdia, que eu leve a união.
Onde houver dúvidas, que eu leve a fé.
Onde houver erro, que eu leve a verdade.
Onde houver desespero, que eu leve a esperança.
Onde houver tristeza, que eu leve a alegria.
Onde houver trevas, que eu leve a luz.

Ó Mestre, fazei que eu procure mais:
consolar, que ser consolado;
compreender, que ser compreendido;
amar, que ser amado.
Pois é dando que se recebe.
É perdoando que se é perdoado.
E é morrendo que se vive para a vida eterna
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O Pe. Luís Fernando Bueno é brasileiro, paranaense (região sul do Brasil) e nasceu no dia 07-01-1986. Ingressou no Seminário menor dos Legionários de Cristo em Curitiba no ano 2000, onde cursou o Ensino Médio, pasando no ano de 2003 ao Noviciado de Arujá em São Paulo. Finalizado o Noviciado, iniciou os Estudos Humanísticos em Salamanca, Espanha, de 2005 a 2006. Logo após, durante os anos de 2006 a 2008 cursou o Bachalerado em Filosofia no Ateneo Pontifício Regina Apostolorum de Roma, Itália. Em 2008, iniciou seu período de pastoral em Porto Alegre-RS-Brasil, onde trabalhou por 4 anos na promoção vocacional e na formação dos jovens e adolescentes na Seção de jovens e Ecyd. Em 2012 retornou à cidade de Roma para seu período de Mestrado em Filosofia, com a especialização em Antropologia, que finalizou em 2014. De 2014 à 2017, cursou e obteu o título de Bachalerado em Teologia pelo mesmo Ateneo Regina Apostolorum de Roma. Atualmente é o diretor da Seção de jovens e do Ecyd de Brasília-DF, Brasil.

Luis Lorenzo, L.C.

In the Silence of the Heart

The call was never threatening but rather, inspiring. It was a call to feed the hungry, clothe the naked, comfort the lonely, heal the sick and broken, and bring hope to the despairing. It was a call to love everyone as God loves us, and to share with them the peace and joy which He alone can bring.

 

As I began university back in 2004, I carried an inspiration to study so as to serve the poor one day. Often seeing many of my Filipino brothers and sisters suffer from poverty day in and day out troubled me. For example, I remember going to school early one morning and seeing a middle-aged man by the roadside naked, covered in dirt, famished, his hair disheveled, and his eyes wandering aimlessly as though he were all alone without any hope or support. This, together with many other encounters with the poor strongly beckoned me to dedicate my life for them.

On the first Friday of June, I went to confession to a priest-friend who asked me, “Luis, are you thinking of becoming a priest?” I answered, “Why, Father?” He replied, “Because the way you confessed your sins reveals your great desire for the happiness of others, something which God alone can truly bring.” “Father,” I said, “I’m open to it if the Lord calls. But I don’t know if now’s the right time or even where I would enter.” He then said, “Luis, just remember, the sooner you respond to God’s call in your heart, the sooner the people who are farthest away from Him, who need Him, will find Him too.”

I think that this was the specific moment of the call. It was our Lord’s invitation to me to feed the spiritual hunger of His people by becoming His instrument. It was also then when I realized that the call to be a priest wouldn’t be about me or “my fulfillment”. It especially means the happiness of others, an eternal happiness, which they can have if I bring Jesus to them and them to Jesus. They were waiting for my “Yes!” Now I only had to discover when, where and how the Lord wanted me to follow Him.

A week later on June 13th (also the feast of Corpus Christi), I attended Mass and sat beside a statue of our Lady of Sorrows. Seeing how Mary carried her Son, I approached her after Mass and entrusted my life into her heart, “Mama, please take me as you carried your Son. Please show me how your Son would like me to follow Him.” Then ten minutes later, I found a book in the Church bookstore all about the Legionaries of Christ. When I turned to the chapter regarding the Legion’s spirituality, I read, “The Legion of Christ is dedicated to the Sacred Heart of Jesus and our Lady of Sorrows.” I was so happy to know that Mama Mary was helping me!

Remembering those special days thirteen years ago – the encounters with the poor, going to Mass, going to confession, the friendship and counsel of a priest, the intercession of our Lady, and the constant listening of a young heart to the promptings of the Lord – speaks so much to me of our God, who strongly desires to love His people through simple instruments. The call was never threatening but rather, inspiring. It was a call to feed the hungry, clothe the naked, comfort the lonely, heal the sick and broken, and bring hope to the despairing. It was a call to love everyone as God loves us, and to share with them the peace and joy which He alone can bring.

Deacon Luis was born in Manila, Philippines on 3 April 1986. He is the second of four children. He attended Xavier Elementary School and the Ateneo de Manila High School, both Jesuit institutions, before moving to Georgetown University in Washington DC to earn a college degree. In the summer of 2004, he entered the Legionary Novitiate in Cheshire, Connecticut and made his first profession of vows on 2 September 2006. He earned a Bachelor’s degree of Philosophy at the Legionary Center for Higher Studies in Thornwood, New York in 2009. He then spent three years of apostolic ministry in Monterrey, Mexico and New England, as part of the youth ministry and vocational promotion team for the Novitiate. On 15 August 2012, he made his perpetual profession of vows and arrived to Rome to earn a Licentiate in Philosophy and Bachelor’s Degree in Theology. On 31 May 2017, he was ordained to the diaconate in Manila by His Eminence, Luis Antonio Cardinal Tagle. Deacon Luis is now serving in the Philippines as a member of the Regnum Christi youth ministry and vocational promotion team.

Leonardo Pérez-Castilla, L.C.

“Busca la paz y corre tras ella” (Sal 34,15)

Hay momentos en la vida que te marcan de tal manera que se puede hablar de un antes y un después. La experiencia de conocer que Cristo está vivo y que tiene una relación personal conmigo fue uno de esos momentos.

Tengo que confesar que nunca quise ser sacerdote. Cuando de pequeño soñaba sobre mi futuro esta opción simplemente no existía. No tenía muy claro qué quería hacer, lo único que parecía evidente era que no podía estudiar medicina. La sangre me superaba, así que me vi como arquitecto o quizá ingeniero.

Soy el menor de dos hermanos, de padres españoles que tuvieron que emigrar en la época de la post-guerra. En ese entonces, los años cincuenta, Venezuela era un paraíso de oportunidades. Recibí la fe de mi familia y si bien no éramos especialmente fervorosos o activos en la evangelización, existía un sustrato de fe que marcó mi infancia y juventud. Recuerdo una oportunidad en que estaban operando a mi papá de una hernia discal. Mi mamá nos reunió y rezamos juntos el rosario por el éxito de la operación. Estos gestos sencillos fueron dejando huella y sin darme cuenta recibí la devoción a María de manos de mi mamá.

Estudié con los salesianos de quienes guardo gratos recuerdos, grandes amistades y una experiencia de Dios que acompañó de modo natural mi infancia. El paso de los años me llevó, sin ser consciente, a un progresivo alejamiento de Dios. Entraban nuevas perspectivas y deseos en el horizonte de un joven de catorce años: tener nuevas experiencias, disfrutar de la vida, viajar, salir con los amigos, enamorarse, ganar dinero. Recuerdo que para poder graduarme el colegio exigía un determinado número de horas de labor social que había que cumplir.  Es así que un amigo me invitó de misiones durante semana santa para cumplir las horas necesarias. Digamos que no era el plan más atractivo, cuando todos solían ir en esas fechas a la Isla de Margarita a pasar vacaciones. Sin embargo, el plan era acompañar a las niñas del Cristo Rey en las misiones, por lo que el resultado -horas de labor social cumplidas más nuevas amistades- tampoco era tan malo. Dios se valió de estas cosas humanas para recordarme que Él seguía ahí, presente en mi vida, a pesar de que ya no me acordaba de Él. Durante la celebración de la Cena del Señor en jueves santo y la adoración eucarística de esa noche tuve una fuerte experiencia de Dios. Salí de esa pequeña capilla improvisada en un pueblo perdido en el Delta del Amacuro a las 2:00 am viendo las estrellas, con la certeza de que Dios estaba a mi lado y con una intuición de que el camino de la felicidad estaba junto a Dios.

Llegué a Caracas con el corazón encendido, pero al no tener un grupo donde dar seguimiento a esas experiencias, poco a poco fue volviendo a quedar todo en el olvido. Llegó el momento de la graduación y finalmente decidí estudiar economía con los jesuitas en Caracas, que a la sazón era la escuela de economía más importante del país. Realmente no era algo que me apasionara, pero me dejé llevar más por la posibilidad de tener éxito y construir un futuro con oportunidades. Por otra parte en esos años los conflictos sociales y políticos en Venezuela comenzaban a aumentar cada vez más y chocaba el contraste entre la realidad del país y mi proyección en busca de bienestar y éxito.

Durante mi primer año de universidad comencé a entablar una fuerte amistad con exalumnos del Instituto Cumbres de Caracas. Me llamaba mucho la atención el deseo que tenían por imprimir un cambio en la sociedad, dedicando tiempo de sus vidas al servicio de los demás. Por otra parte eran sumamente normales y cuando se trataba de una fiesta eran los primeros en estar ahí. Es así como comencé a frecuentar el Regnum Christi, lo que significó para mí desempolvar la fe que había recibido y sobre todo un reencuentro maduro con Cristo. Redescubrir su presencia viva marcó profundamente mi corazón y comenzó un deseo creciente por conocerlo y seguirlo. Cristo sacaba lo mejor de mí; tenía siempre algo que decirme para ser un mejor hijo, un mejor hermano, un mejor estudiante, un mejor cristiano. En esos años las experiencias de misiones tuvieron un impacto grande; se incrementaba en mí el deseo de la oración y los compromisos del Reino no eran un check list sino una necesidad vital.

Me acercaba al final de la carrera y tenía sin embargo una creciente insatisfacción. En esos momentos conseguí un trabajo a medio tiempo en una casa de bolsa de productos agrícolas que combinaba con los estudios universitarios. Me proyectaba en ese ámbito laboral y no encontraba ninguna satisfacción, además muchas preguntas existenciales cruzaban mi mente: ¿Qué sentido tiene trabajar cuarenta o cincuenta años si al final no tiene repercusión en la vida eterna? ¿Qué sentido tiene el éxito, el bienestar, el disfrutar la vida? Todo eso a la luz de Cristo y de la vida eterna parecía completamente accidental. Se desencadenó así un proceso en mi interior que no sabía bien como gestionar. Me costaba mucho sacar adelante los estudios y cualquier tipo de actividad porque los fundamentos sobre los que había construido mi vida estaban colapsando.

Un día salí de un examen de comercio internacional, fastidiado, sin ganas de hablar con nadie y tomé el metro para regresar a mi casa. Era tal la lucha interior que traía que al parecer era evidente exteriormente. Una señora se me acercó y me preguntó si era estudiante. A continuación me dijo: “busca la paz y síguela”. Justo en ese momento llegamos a la estación siguiente y la señora salió del vagón. Quedé muy impactado y lo tomé como una clara respuesta de Dios. Fue una gran consolación en medio de las dificultades y de la falta de claridad que tenía.

De vez en cuando solía reunirme con los amigos del colegio para ponernos al día, pues estudiábamos en universidades diversas. Cenando una noche con uno de ellos sentí una impotencia tremenda al constatar que el tesoro más grande que tenía yo en esos momentos, mi relación con Cristo, no significaba nada para él.  De vuelta a mi casa, manejando, con todo esto en mi interior, surgió de la nada el siguiente pensamiento: “Si fueras sacerdote podrías hacer algo por los que no conocen a Cristo”. Mi reacción inmediata fue de rechazo y me dije a mí mismo que me estaba volviendo loco. Esto no hizo sino incrementar la lucha que llevaba dentro. Pasaron varios meses hasta que finalmente me desahogué con un amigo de la universidad y con mi director espiritual.

Decidí darle la oportunidad a Dios ante la claridad y la fuerza de su llamada. Dejé en el aire el último año que me quedaba en la universidad pues percibía que si Dios me estaba llamando, tenía que dar ese paso con toda mi confianza puesta en Él. Esperar para tener la certeza humana del título universitario en el bolsillo “por si las cosas no funcionaban” parecía lo más sensato a nivel humano, pero chocaba con la radicalidad del seguimiento de Cristo que veía en el Evangelio: “Sígueme. Él se levantó y le siguió” (Mt 9,9).

Estos once años en la Legión han sido una bendición. Dios se ha pasado de bueno, si bien no ha sido fácil la entrega. Cuando estaba a punto de entrar en el noviciado, un amigo me dijo: “estudiaste el colegio con los salesianos, la universidad con los jesuitas, ¿cómo es que entras con los legionarios?”. La verdad es que los caminos de Dios son misteriosos. Guardo con gratitud lo recibido por tantas personas, pero Dios quiso llamarme a través de la espiritualidad y el carisma del Regnum Christi. De mis primeros contactos con sacerdotes legionarios me impactó el celo apostólico; el deseo de generar un cambio en la sociedad a través de un encuentro personal con Cristo. Nuestra historia como familia carismática ha estado marcada por la cruz en estos últimos años. El dolor y la oscuridad han tocado nuestros corazones y hemos vivido momentos muy difíciles. La compañía y la guía de la Iglesia han sido determinantes por lo que guardo un profundo agradecimiento por todas las lecciones y el aprendizaje que hemos recibido en medio de nuestros errores institucionales.

Cuando era novicio en Salamanca, un hermano al que había compartido mi historia vocacional me dijo saliendo de misa: “¿Escuchó el salmo que rezamos hoy?” En mi despiste de novicio dije que sí pero no entendía que tenía de especial. Me dijo entonces: “Lo que le dijo la señora en el metro, ¡es Palabra de Dios!”. Efectivamente se trataba del Salmo 34 que reza: “Busca la paz y corre tras ella”. La paz es un don muy especial. Es el principal mensaje de Cristo Resucitado. No se trata de una ausencia de dificultades o de problemas, que siempre están a la orden del día, sino de algo mucho más profundo. Se trata de la certeza que Cristo está vivo y que voy caminando hacia Él con la seguridad en su misericordia y su perdón. Por tanto, como dice san Pablo en su carta a los romanos: “si confiesas con tu boca: «Jesús es Señor» y crees en tu corazón que Dios le resucitó de entre los muertos, te salvarás” (Rm 10,9). Doy gracias desde lo más profundo de mi corazón a María que ha estado siempre a mi lado durante estos años por su cuidado y protección maternal y pongo mi sacerdocio en sus manos para que haga de mí un instrumento en manos de su Hijo. ¡Totus tuus María!

El P. Leonardo Pérez-Castilla, L.C. nació en Caracas, Venezuela, el 21 de agosto de 1984. Estudió en el colegio Don Bosco de Altamira y cursó 4 años de Economía en la Universidad Católica Andrés Bello. En 2004 se incorporó al Movimiento Regnum Christi. Ingresó en 2006 al noviciado de la Legión de Cristo en Salamanca, España, donde emitió su primera profesión religiosa en 2008. Cursó un año de estudios humanísticos en la misma ciudad. De 2009 a 2011 realizó estudios de filosofía en Roma, en el Ateneo Pontificio Regina Apostolorum. Durante 3 años ayudó en la formación de religiosos que estudiaban humanidades clásicas en Monterrey, México. De 2014 a 2017 estudió teología en Roma, donde emitió sus votos perpetuos el 20 de agosto de 2016.

Ignacio León, L.C.

Mujer, cuando me miras así…

Cuando tus ojos me miran, cuando tu mirada se detiene en mi, sé que mi vida cambia, sé que soy otro, sé que me llevas a la Plenitud del Amor. ¡Mujer, no dejes de mirarme así!

Dios sabe bien el motivo por el que te está permitiendo leer estas líneas y confío que su gracia alcance a tocar tu alma. Si es así… ¡Bendigo a Dios!

Tengo emoción de iniciar a contarte mi historia vocacional. Hay muchas maneras en las que te lo podría platicar, pero creo que el modo que más me gusta es contándote aquellos momentos más especiales en los que Ella, esa gran Mujer, me ha amado con su mirada. ¡Momentos que ahora guardo y medito en mi corazón! Espero que al contártelos los disfrutes como yo disfruto el recordarlos y compartírtelos.

  1. Me miró y la miré por primera vez

Semana Santa de 1999. Aquí inicio todo. “¡Vacaciones! ¡Despapaye! ¡Vámonos de fiesta!”, “Perfecto momento para iniciar una buena experiencia de destrampe”.  “Con tal de no ir con mis papás a donde siempre vamos… ¡Cualquier plan es bueno para divertirme!, el primer plan que se arme… ¡allá voy!”. Este era mi propósito… cambiar de esquemas, separarme de mis papás y simplemente divertirme…pero no era el proyecto que Ella tenía. Preparaba otra maniobra inesperada.

La primera propuesta de plan que recibí no era la que yo esperaba: “¡Vente de misiones! ¿Te animas?”

Titubee… no quise aceptar inicialmente. Pero después de tres semanas de larga espera y sin recibir más propuestas… no tuve más opción que acceder: “¡Vámonos de misiones! ¡total!… No hay nada mejor que hacer y me alejo de mis papás… igual y ahí se pone buena la cosa…!”.

La verdad, es que la pasé increíblemente bien. Ninguna Mega Misión como la primera. Quien haya ido de misiones sabe el contenido que cargan estas palabras: plenitud, entrega, alegría, cansancio, felicidad, lucha… ¡Toda una bella experiencia que cambia la vida!

Así pasaron los primeros días de misiones. Nada de diversión destrampada que yo me esperaba… al contrario… ¡Chamba intensa, sol pesado y quemador, sed insaciable pero sin duda alguna… mucha alegría y plenitud! Había puro chavo, ningún curilla alrededor. Todo pintaba como una muy grata experiencia. Y llegó el Jueves Santo… Día de adoración nocturna. ¡La primera en mi vida! Jamás había estado frente a Jesús Eucaristía. Emoción e incógnita. “¡¿qué voy a hacer frente al Señor tanto tiempo?!”

Inició el sorteo de horarios para adorar al Señor durante toda la noche… ¡me toca de 2-3 de la madrugada! ¿Novatada? No lo sé. Pero ese fue el horario que me tocó y que no olvidaré. Junto con el sorteo venían los aplausos y la típica arenga sincerota que, entre puro chavo, no puede faltar. Se levanta un amigo y nos dice sin pelos en la lengua: “Tendremos un ratito ante el Señor. Es el momento de hacerle la pregunta a Jesús sobre qué es lo que quiere de nosotros. Y si Jesús le responde a alguno que le quiere como Sacerdote… y le respondes que no… ¡Eres un maricón!”. ¡Risotadas y aplausos por supuesto! Dijo lo que tenía que decir e hizo lo que nadie se atrevía a hacer. Bruto como él sólo… pero con la suficiente agalla y verdad de un chavo que comprende bien las cosas. Así que ahí vamos, uno por uno, pasando su hora ante Jesús.

Ahí estoy yo. A media madrugada empezando mi primera oración a Jesús Eucaristía. Mi plan perfecto para pasar la hora entera: “Rezo mi rosario… es la oración más larga y eterna que me acuerdo. Así mato la hora entera”. Termino…  para mi sorpresa ¡quedan todavía 40 minutos! ¡Nooooo, qué más puedo hacer! Pues  a platicar con Él, esa es la opción… ¿y de qué le platico?… de pronto… viene a mi mente aquella arenga sincerota de mi amigo… y con ella vinieron a mi mente la enorme cantidad de gente que fui ayudando los días anteriores… la niña que quería hacer su primera comunión y no podía por falta de sacerdotes… el señor que estaba inmovilizado por más de 7 meses, sin poder confesarse porque no había un sacerdote cercano… ¡No hay suficientes sacerdotes y yo puedo ser uno para ayudar a esta gente! “Pero Señor, ¿tú que quieres de mí?” Ahí está… ¡Yo puedo ser uno! ¡Ahí está la respuesta del Señor! “¡Tú puedes ser mi Sacerdote!”.

Respuesta clara y evidente: ¡Yo puedo ser sacerdote! ¡Hacen falta sacerdotes! Pero no había emoción en mi interior. ¡Todo lo contrario! Más bien, atascada estaba mi alma de angustia interior ante tal invitación y ante tal evidencia. Nada hay que me impida serlo, pero… ¡yo no quiero! ¿Por qué yo? ¿Acaso no hay 13 chavos dormidotes y mejor preparados que yo? ¡Porqué yo! … pero… ¡ahhh sí, pero ahí estoy de machin preguntándole al Señor: “¿Qué quieres de mí?!”. Vaya sorpesa me llevé.

¡Quedan aún 30 minutos de esta eterna hora! Angustia total. “¡Con qué me distraigo! ¡Lo que sea con tal de olvidar toda esta idea que se me metió en la cabeza!”. Tomé decididamente el Apocalipsis esperando encontrar el fin del mundo y distraerme… pero…

¡Claro que no encontré nada del fin del mundo! ¡María apareció por primera vez en mi vida! ¡Me miró y no me di cuenta que así lo hacía! Sin saberlo, en medio de mi enorme inquietud, abrí el pasaje de la Mujer que enfrenta al dragón de 7 cabezas (Ap 12, 1-18). No entendí nada, en medio de mi angustia, cerré el libro y continué rezando. Pidiéndole a Dios que se hiciera su voluntad… y medio iba aceptando que podía ser sacerdote…pero no me encantaba la idea.

Su mirada fue certera. Mirada de madre amorosa, cuidando a su hijito de corazón perturbado. Madre y Mujer, que sin decir nada a su niño, estaba presente. Ahí estaba Ella, luchando contra ese dragón que me inquietaba. Nunca supe de su mirada, sino hasta que aprendí el verdadero mensaje del Apocalipsis: la esperanza cristiana en medio de la lucha en este mundo. Su mirada que consuela en un momento de dificultad al aceptar la voluntad de Dios en mi vida.

Esta fue su primer mirada: certera, maternal, suave y delicada. A partir de este momento, no me ha abandonado. Y yo… profundamente agradecido. Cuando esa Mujer te mira por primera vez… te ama para siempre.

  1. Mi ex novia: la gota que derramó el vaso

Al regresar, me incorporé al Regnum Christi. Mi corazón desbordaba de aquél entusiasmo que producen las misiones en el alma. Felicidad y alegría; sin embargo, algo de zozobra en el interior. Ese gusanillo vocacional no me dejaba en paz.

Pasaron 5 años con esta lucha interior. Todo… ¡absolutamente todo me hacía recordar mi gusanito vocacional! Clase de química… clase de mate… viendo una película… ¡Vamos! ¡Hasta el antro me hacían recordar esa dulce e inquietante invitación! Y yo… rejego… ¡No quiero! Dios me invitaba… yo desviaba la mirada.

No compartí con nadie esta inquietud vocacional; yo quería deshacerme por mis propias fuerzas de este fuego vocacional que sentía en mi interior. Y la posibilidad de decirle a un cura… ¡Olvidalo! ¡Suicidio… segurito que ya tiene la sotana preparada para mí!

Llegó a ser tal la insistencia de Dios en mi interior que inicié a pensar: ¡Esos legionarios mugrosos… lo único que quieren es jalarse al primero que se encuentran! ¡Adiós al Regnum Christi!

Me salí de la sección. Perfecto momento para decidir salirme porque se unía con el inicio con la Universidad. ¡Vaya momento más perfecto para salirme con la mía! ¡Seguro que con las niñas, con las fiestas, con las novias se pasará todo este nudo interior! ¡Seguro todo este problema se trata de una llamarada de petate! ¡Estoy seguro, no es más que eso, puro aire y rollos que mi psicología se ha inventado!

Universidad y mi nueva novia…. ¡Je, ese gusanito vocacional está pasando a la historia! Y así fue… después de andar 11 meses con ella ese gusanito parecía haber sucumbido. Finalmente ya no había más inquietud ni insistencia alguna… ya nada me hacía recordar tal idea… “¡Lo sabía, todo aquel ímpetu se trataba de una puritita llamarada de petate!”.

Mi relación con mi novia iba muy bien; hasta que llegó aquella llamada por teléfono. Me dice ella: “oye, ¿sabes? Hace mucho que quiero hacerte una pregunta pero no me atrevía por miedo a tu respuesta. Por favor, respóndeme sinceramente… “¿Alguna vez haz pensado en ser sacerdote?”.

¡Whaaaat! “¡Claro que no!”. Ésta fue mi respuesta lacónica… pero de sincera… tenía muy poco o nada. ¡Claro que había pensando en ser sacerdote! Pero… ¿Mi novia preguntándome tal cosa? ¡De qué va esta mujer! ¿Qué onda con su pregunta?

Su pregunta fue la gota que derramó el vaso. Ella no lo sabe. Nunca supo que fue instrumento de Dios. Su pregunta fue el toque de puerta que Dios usó para entrar en mi alma y finalmente dejar suavizar mi alma. Acepté que aquel gusanito no era una llamarada de petate… ¡Era real! Dios suavemente insistía con paciencia.

Gracias a su pregunta decidí tomar el toro por los cuernos. “Seguramente mi novia está viendo algo que yo no alcanzo a ver… la cosa es que me lo preguntó y hay que ver qué hay detrás de tanta perseverancia por parte de Dios”.

Para ese entonces yo ya rezaba con el evangelio cada mañana. Después de la llamada tomé sin querer, el evangelio de la Anunciación. María estaba mirándome nuevamente. La Virgen, en este caso hizo de las suyas, tocó mi corazón y me hizo proponerle lo siguiente: “Mira María, yo no sé si tu Hijo me llama o no; tú sabes bien que no me gusta la idea de seguirle como sacerdote; tengo todo, familia, amigos, carrera, novia… todo para ser feliz; si esta inquietud vocacional viene de tu Hijo… encárgate tú… mueve tú todas las cartas sobre la mesa pues yo no voy a mover nada. A ti te lo encargo”. Terminó mi oración. Curiosamente abrí mi alma a una posibilidad que no me agradaba pero la paz y serenidad que experimenté en esa oración fue particularmente maternal.

Sin duda, todo estaba en sus manos. Sin duda, el niño asustado estaba confiado y contento cruzando su mirada con la mirada de su Madre.

Así fue. Ella se encargó de todo. Primero, a la semana mi novia me pidió darnos un tiempo sin seguir juntos. Mientras me daba la noticia lloraba y lloraba y por eso no pudo explicarme bien qué es lo que sucedía. Pero mientras ella lloraba… yo sólo pensaba en aquél diálogo que tuve con la Virgen. Estaba bien seguro que Esa Mujer se tomó muy enserio mi propuesta de dejarle todo en sus manos. Segundo, mis papás. Según yo, obedecer a mis papás era obedecer la voluntad de Dios en mi vida… así que si me negaban el permiso de pasar el verano en un seminario para ver si era mi vocación… ¡Feliz! ¡Asunto arreglado…Dios no me quiere como sacerdote! Por aquí tenía todas las de ganar. Estaba convencido que me dirían que no. Pero… María… nuevamente se tomó enserio mi oración. Para mi sorpresa, mi papá me dijo: “¡claro que sí m’ijo, es una vocación muy noble, si Dios te quiere ahí… qué honor, cuenta con mi apoyo!”. Y yo… lo único que hice fue… admirar la suavidad y facilidad de cómo se estaban dando las cosas. Sin duda alguna María estaba trabajando.

Muchos otros obstáculos se fueron desvaneciendo como los que te acabo de contar. Al final… quedaba un nudo… El Nudo…el más difícil de desatar: yo mismo. Lo más difícil de desatar era aceptar la idea y animarme a dar el paso definitivo. No fue fácil. Me costó horrores. Pero debo admitir que sencillamente… su “Sí”, dicho en la Anunciación, fue lo que me motivo a ir a buscar a un sacerdote y a comentar por primera vez esta inquietud.

Fui con el P. Jesús Blázquez, LC y para mi sorpresa… ¡No había ninguna sotana esperándome! ¡Todo lo contrario! El padre me propuso comenzar un camino intenso de discernimiento especial. Un año entero duró tal discernimiento. Este sacerdote lo único que hizo fue darme herramientas para que yo mismo decidiera si quería seguir o no al Señor. Nunca tomó una decisión por mí, me dejó totalmente libre para encararme con Dios y responder con amor a su llamado.

María… otra vez… donde puso su ojo… puso su bala. Cuando una Madre mira a su hijo… ahí pone todo su cariño maternal. Simplemente te puedo decir que cuando esa Mujer te mira, y te dejas mirar por su mirada, tu vida cambia.

  1. “De bolita en bolita…”

Éste es uno de los modos más ordinarios en los que María se hace presente para escoger las almas para el seguimiento de su Hijo. Se trata de un breve episodio por el que me percaté que Ella me miró antes de lo que yo imaginaba.

Mi abuelita siempre rezó por una vocación en su familia. Y el modo particular cómo lo hacía era rezando el rosario. Pedía y pedía… pedía y pedía… Pasaron los años y ninguno de sus 4 hijos (ni ninguna de sus 6 hijas) se les ocurrió seguir a Jesús por el camino religioso. Todos buscaron su media naranja y de ahí que sumamos 27 primos.

Pero los dedos decididos de mi abuelita no dejaron pasar bolita tras bolita, al pasar de los años siguió pidiendo y pidiendo por una vocación en su familia. No me queda lugar a dudas… cuando una madre está decidida, no hay poder divino que pueda decirle que no a su propia Madre. Así que María volvió a mirar mi alma mientras observaba como mi abuelita pasaba sus dedos desgajando el rosario.

Me enteré de este hermoso detalle en el momento que me despedía de mi abuelita para irme al seminario. Ella lavaba los platos mientras yo le platicaba de mi decisión:

  • Abue, vengo a despedirme.
  • ¿A dónde vas?
  • Pues es que yo creo que Dios me está llamando para ser sacerdote. Este verano voy al seminario para ver si es verdad que Él me llama.
  • (después de un silencio largo y meditativo prosiguió…) He pasado años enteros rezando el rosario para que Dios me concediera una vocación dentro de mi familia. Ninguno de mis hijos recibió el llamado. Continué pidiendo porque de verdad lo deseaba y… (con un aire entristecido mientras seguía lavando los platos…) el momento tan esperado ya llegó… pero… ¿porqué tú? ¿Porqué tú? (No podía voltear para verme a la cara porque le caían sus lágrimas… sencillamente siguió lavando los platos).

Mi abuelita y yo nos queremos muchísimo. Su “¿Porqué tú?” no obtuvo ninguna respuesta de mi parte. Yo no tenía palabras para colmar su sentimiento de tristeza… Me retiré cabizbajo, pero mi decisión ya estaba tomada.

Yo no pude responderle a mi abuelita pero… seguro… seguro… ¡segurísimo!… que María ya le respondió. María sabe a quién mira y cuando pone sus ojos en ti colma todas tus necesidades.

Ahora, mi querida abue, sigue pidiendo todavía por más vocaciones en su familia. Yo la animo… y ella me sigue la corriente. Ahí la lleva, de bolita en bolita va tocando el corazón de Dios. ¡Dios le conceda la belleza de continuar con esta hermosa labor!

Mamás, créanselo, pidan a María lo que necesiten para sus familias. Si Ella lo quiere, Dios no podrá darle una negativa. María es tu mejor aliada. María se enternece ante la oración de las madres porque ella es madre.

  1. Su mirada profunda en medio de la tempestad: Últimos 5 años formación

Fui al candidatado. Decidí tomar la sotana después de dos meses. Entré a la Legión y así pasaron 9 años.  Todo aparentaba fluidez y tranquilidad; pero Dios quiso permitir que experimentase un periodo de cuesta arriba en mis últimos cinco años de formación.

¿Vivir mis votos? ¿Qué sentido tienen? Se me presentaban varias dudas de cómo vivirlos y cómo afrontar el reto de la rutina vocacional. Con toda honestidad, estos años pasaron con un vago “sin sentido”. ¿Debo continuar por este camino?

A la par de la tempestad, la semillita vocacional no dejó de ser clarísima desde un inicio. El apoyo inicial de María para tomar la decisión seguía presente en mi vida… por eso, con todo y las dificultades, yo no podía negar que en efecto existía un sentido profundo para seguir adelante. Pero a pesar de la claridad inicial no sabía cómo darle sentido a mi vocación.

De mi parte, seguir en la lucha y continuar aferrándome a esa claridad inicial. Pero… ¿qué me pasa? ¿Qué debo hacer?

De su parte, María decidió hacer mancuerna con mi querida madre terrenal. Así es, pasaron infinidad de ocasiones en las que mi seguridad vocacional amainaba pero por algún motivo María y mi mamá se conectaban de modo especial. Justo en esos momentos más álgidos de dificultad, me detenía un ratito delante de una imagen de María y en varias ocasiones su consuelo mariano abundaba mi alma. Curiosamente en esos mismos momentos, mientras María me consolaba, mi madre, sin saberlo, se detenía a pedir a María que protegiera mi vocación… Mi mamá pedía… María me consolaba. “Diosidencias”… o coincidencias… llamémosle como queramos… María y mi madre hicieron mancuerna. Nuevamente María metió su cuña para balancear la pata coja de la mesa. ¡Bendita seas María por tu dulce y suave presencia maternal que me mantuvo de pie!

“¿Qué debo hacer, continuar… dejar el camino e iniciar otro?”. Pienso que esta pregunta es válida y necesaria en toda vocación que se acerca al altar.

Hoy tengo una certeza que quiero compartirte: cuando María decide mirarte en tus tribulaciones te mandará un consuelo muy especial, tu propia madre.

  1. Teología del cuerpo: otra ventana de su mirada.

La mancuerna y los consuelos no han faltado desde entonces. Pero te soy franco…la tempestad no amainó… al contrario… ¡Arreció! Y cuando el demonio determinaba dar el último jalón para llevarse la victoria María se hizo presente de modo definitivo. Nuevamente esa Mujer tomaba ventaja sobre el dragón de 7 cabezas.

Surgió la oportunidad de asistir a un curso de Teología del Cuerpo. Ahí, Dios, a través de la visión teológica de Juan Pablo II, curó mi corazón de algunos golpes y heridas que llevaba cargando en el alma y que, sin saberlo, eran las causantes de la tempestad que estaba viviendo. Ahí fue cuando Dios me dio la luz necesaria para reconocer el valor tan maravilloso que tiene la vivencia de los votos religiosos: un auténtico acto de amor matrimonial de Dios con el alma y del alma con Dios.

María no dejó de estar presente durante todo el curso. Pero ahora de se hacía presente de un modo muy singular: a través de las consagradas del Regnum Christi. Éste fue el primer contacto con ellas desde que entré a la Legión. Puedo decir que hubo un trato fraterno y profundo con ellas, el cual que me permitió tener la certeza del amor de María en mi alma.

Dios las ha mantenido muy cercanas en mi vocación a partir de esta experiencia, algunas como madres espirituales y otras como hermanas con quienes comparto el mismo deseo de compartir el amor de Dios con nuestro trabajo diario.

Gracias a su oración fraternal y cuidadosa, gracias al modo bello y profundo con el tratan al Señor, he aprendido a crecer como hombre consagrado en el seguimiento de Dios, a tratarlo con cariño y respeto en la liturgia, a ser un hombre espontáneo y generoso en el trato con la mujer. Con toda sinceridad, pienso que María muchas veces me ve con su mirada femenina y maternal a través de ellas.

También debo unas palabras a mis hermanas de sangre quienes han propiciado de modo muy natural este encuentro con la mujer. Su cariño fraterno y femenino me ha llevado a amarlas con el amor puro de un hombre. Fueron ellas el primer don que Dios me mandó para crecer en el amor familiar tan sano que hasta ahora he vivido. Considero que toda esta experiencia no habría sido posible sin la gracia de Dios y el trato cercano de María.

María es mujer, su trato maternal y femenino produce en el alma sacerdotal un efecto espiritual que da plenitud y certeza. ¡Soy un sacerdote en plenitud paternal y fraternal! Con esta experiencia aprendí que puedo amar a todos por igual, con la misma entrega total y espontánea. Ser yo mismo, el hombre a quien Dios se le ocurrió escoger para amar a sus hijos.

  1. Grave error: ¡Me olvidé de mirarla!

A partir de este curso que te mencioné inicié un nuevo ascenso en mi vida religiosa. Ascenso que me ha costado lágrimas y sacrificios, pero bello porque Dios no ha dejado de mirarme a través de su Madre.

Durante los ejercicios espirituales de 2015 me percaté que en todo este periodo de tormenta había cometido uno de los más graves errores que pude haber cometido: No mirar a María como madre y como mujer. El simple olvido de María es el peor de los errores que un alma religiosa y sacerdotal pueda jamás cometer. Olvidarte de María es querer remar a solas en medio de la tempestad; es un acto de presunción y soberbia tal, que sin pensarlo te va incrustando más dentro del ojo del huracán.

Así, nuevamente, Dios me aventó el salvavidas desde la proa de su cruz: “¡Mujer, ahí tienes a tu hijo!… ¡Ahí tienes a tu Madre!” (Lc 19, 25-27). Nuevamente miré a María y comprendí que cuando esa Mujer me mira así… estoy firme, me encuentro seguro, soy pleno en mi vocación.

Fue este momento cuando las cadenas que me ataban a la deriva de mi barca se trozaron en pedazos y de mi alma brotó llanto de alegría, paz y serenidad. Comprendí que aunque un sacerdote deja de mirar a María, Ella no dejará de mirarlo y de amarlo y lo defenderá contra cualquier viento impetuoso del camino. Evidentemente, todo sacerdote debe mirarla, pues aunque Ella te mire tu sola presunción puede ahogarte en tu propia tormenta.

  1. Conocí mejor sus ojos maternales

Aprendí a exclamar con profunda humildad y sencillez de niño: “¡María, mi vino se acaba!” (Jn 2, 1-11). Y me concedió la gracia de iniciar un camino de abandono filial en sus brazos.

Me consagré a María… y ¡tal cual! Parecería que desde entonces Ella se encarga de cargar con las maletas pesadas del camino y yo sólo tengo que amarla y trabajar por Ella. En sus manos maternales queda el resto. Vivo confiado y seguro.

Cuando un alma se consagra al corazón maternal de María su corazón herido siempre queda sanado. Sus nudos se desatan y quedas libre para amar de verdad. Su amor transforma las heridas en actos de amor y de entrega auténtica.

Cierto, nadie me quita las tempestades vividas ¡Son mías! ¡De ellas he aprendido! ¡y con ellas puedo amar profundamente a Dios y a la gente con la que convivo a diario!

  1. Mi misión sacerdotal: mirar con los ojos de Dios

A ver… después de todo lo que te he platicado… creo que podemos llegar a una breve y sencilla conclusión: si María enseñó a amar a su propio Hijo, y su interés es que yo sea el amigo íntimo de su Hijo… entonces… María me enseñará a amar como su Hijo ama los hombres. ¡Mi sacerdocio tiene que estar muy unido a María! Sólo con Ella aprenderé a ser el sacerdote que los demás necesitan.

Y si estoy aquí… llegando a los pies del altar… es porque un día esta hermosa Madre, que Dios me ha regalado, dijo un día que “sí” al Señor. Y un día me dijo a mí, “sí, yo me encargo de tu vocación”… y hoy me dice “sí, yo soy tu Madre, quien te mira con amor materno”.

Seré sacerdote… ¡Y estoy feliz! La aventura apenas comienza… los 14 años de formación fueron sólo un tentempié de lo que ahora me espera por delante: todos ustedes y el cielo que Dios nos tiene prometido.  ¡Vamos juntos! ¡Dios les bendiga!

El P. Ignacio León, L.C. nació en Celaya, Guanajuato, el 4 de abril de 1983. Fue alumno del Instituto Cumbres Lomas (primaria) y del Cumbres México (secundaria y preparatoria). Se incorporó al ECYD en 1º de secundaria y en 1º de preparatoria al Regnum Christi. En 2003 ingresó al noviciado de Cheshire, CT, USA donde emitió su primera profesión religiosa. Cursó un año de estudios humanísticos en Salamanca, España. Estudió el bachillerato y la licenciatura en filosofía en el Ateneo Pontificio Regina Apostolorum de Roma. Trabajó tres años como formador de humanistas en Salamanca, España. El 2 de octubre de 2011 emitió la profesión perpetua en Roma. Terminó sus estudios de teología en el mismo Ateneo. Actualmente colabora en el en Irish Institute de Monterrey como subdirector.

Adam Zettel, L.C.

Drawn by a greater love

It was the blood from his wounded heart that touched me the most, because I knew he wanted my heart to be wounded like his, bleeding like his, and I knew that if I united my heart to his he could say “now I have a friend to suffer with me.”

 

I grew up on a little dairy farm outside of a town of about 200 inhabitants in Bruce County, Canada: a life full of daily contact with nature, the beauty of creation, the mystery of life, real hard work, simple, healthy pleasures. My dad was a man of faith whose life was marked profoundly by the Gospel, who for as long as I can remember was a leader in our parish – directing music and prayer in our much renewed community – and most certainly the spiritual head of our family. My mother too was always very practicing and believing, and has always supported my vocation to suffer in union with Christ, by uniting herself to Mary at the foot of the cross.

Life in the parish led me to take part in adoration, prayer groups, monthly healing masses, and for my family constant involvement music. My oldest brother had a conversion on a mission trip and started a youth group in the parish, which became for me the place where I would spend my high school years, grow in my relationship with God, and begin to discover his plan for my life.

How did it come to be, Lord, that I began to experience you in such a real way, at such a young age? You gave me everything, you made me sensible to you, you protected me, you guided my decisions. From the very start you gave me a longing for what was real and lasting. I don’t know why you have been so good with me, but I thank you; your work deserves all the praise I can give.

Yes, it seems looking back that God broke into my life in so many powerful ways that he took me up and carried me away in his storm, showed me how wonderful and beautiful he is and made me fall in love with him. Because of all the positive influences, I began to attend every kind of faith-related event, practically to live at our parish, to visit Christ in the Eucharist, to read the Gospels, and to seek to share Christ with others. I listened to so much preaching on conversion, on Christian life, on the love of God… I listened to talks about prayer, about giving your life over to God… I read about Christ in his own word, I began to be immersed in the writings of St Paul. In music and through many songs directed to God I found my heart being formed to be totally centered on the One who would become the only thing that mattered in my life. I became convinced that a love I could never fully grasp had erupted into my life. I was touched above all by his passion, in which his blood shed for me was the witness to the infinite mercy which had united me once again to him.

The external things that happened, which eventually led me to decide to become a Legionary priest, were much less an influence than what I have just described. That was the real source of the vocation: God’s original work in me, the gentle transformation of my whole interior world and my way of seeing everything. It was the motor that pushed me toward him; the following events were like the tracks that guided me in the right direction.

When I received the sacrament of confirmation, I really desired the Holy Spirit to fill my soul. I was given a journal that day as a gift, some days later was the first time it struck me that maybe I could be called to be a priest and wrote about it on one of the first pages. The same summer I had my first real contact with a new group of priests we had just come to know, at a Camp Caribou run by the Legionaries of Christ in Cornwall. Two Brothers had come to my house, randomly, despite it’s being an 8-hour drive from the Novitiate. They impressed us, made us curious, and struck us as being men who had a true and deep relationship with Christ and a sincere desire to change the world for Him. During the camp, one of the brothers invited me to visit the Apostolic School in New Hampshire, a project which I only realized some years later.

So one summer I visited the Apostolic School and had a first experience which made me fall in love with the idea of being part of this army of God. Somehow as the notion of the vocation grew in me, I became aware of a desire I had to sacrifice my own life for others, to be the one who would make the sacrifice necessary in order for souls to be saved. Without knowing how to express it, Christ was preparing my heart to be united to his and become a victim with him – to let my heart be opened and united to his open heart, so that in him I too could pour out his mercy in the world.

Although that summer I decided to come home for another year, I had the strongest hopes of returning to the summer program again. I continued to be constantly immersed in the things of God and to be open to God calling me, but in the months that followed I also started dating. As much as I loved God and wanted to do good for him, my heart was not totally free as it had been; I was very torn inside and drawn to the beauty of human love, to the point of looking everywhere for signs that I might not be called to the priesthood. I stubbornly decided to come home at the end of the summer. That year the Brothers continued calling to invite me to activities, that I never went to, until eventually I told them I wasn’t really interested. It seemed clear to everyone that I had long since forgotten about the priesthood.

But I hadn’t completely forgotten. There were many moments when the call would break through my barriers and the echo of that desire I once felt would resonate in my heart. One night at the beach I was looking at the reflection of the moon on the water, like a path to heaven, and began to wonder what my path was. Another night I awoke with the words of the song Here I am Lord in my thoughts, “… I have heard you calling in the night”. There was an anguish I felt in these moments which I resisted by could not shake off.  In my last year of high school, I was at the point of making a decision about my future, which is stressful for everyone except the few people who at that point are absolutely sure of what they want to do with their lives. I was not.

Before starting university, I went with our band to play at a youth event in Cornwall, Ontario. After the final Mass they had the tradition of inviting all of those who felt called to the priesthood to the front of the giant circus tent, to pray for them. I was on the stage, behind the drums, while a few meters to my left were the acolytes from the Novitiate of the Legionaries of Christ – and my girlfriend was out in the crowd. At the moment of the “vocations prayer” I felt the strongest pull inside of me, like as if I had been caught by a fishing hook and someone was pulling hard on the line. My thoughts were like a hurricane “It must be me – I must be called to this” but at the same time it seemed there was no way I could stop a relationship that meant so much to me. I had a beautiful project that implied a future in which I had already placed all my hopes – but a much stronger love was pulling, pulling very hard, and only in these moments did it come to the surface and begin to draw me away towards a much more amazing plan.

On that occasion I managed to calm myself down, and resolved to forget about it again. About a month later, I had just started my first semester in university and had come home to spend the weekend at home. The first Friday of September there was a healing Mass, to which I arrived late, while my girlfriend was in the choir. The priest had a gift for announcing which healings were taking place during the Mass, and so, after communion, he sat down with the microphone and began to speak of different types of healings. Then his speech took an unexpected turn: “I believe the Holy Spirit is telling me that there is someone here tonight, whom God is calling to become a priest…” – of course in this moment my heart began to race, I began to feel afraid, and at once to feel desire, and to feel pulled again like I had before – the sensation that it was inescapable, that it was certain, but with so much resistance and struggle – “…and he wants to tell you that…” I’m sure he said these words very slowly, pausing, reflecting to say the right thing “…if you say yes, you will be happy for the rest of your life.”

It’s amazing how much patience you had, Lord, and how insistent you were! It’s amazing that you wanted me so much for yourself that you almost invaded my own freedom and made it so clear what you wanted! How many young people would love to have it that clear, and yet, you choose how to call each one in the way you prefer.

I was in a state of distress, a state of struggle, a constant movement of rejection and resistance going on inside me. The rest of the Mass and the adoration that followed seemed eternal. In that hour or so I made a different resolution than I had before, this time, I resolved to think about it, to consider what was going on, but certainly not to say anything to my girlfriend. Mass ended. We had a tradition of going out to eat with friends after Mass. But on our way out of the Church, she stopped me. “Adam,” she said in a serious tone “do you think he was talking about you?” I think my heart nearly stopped, but somehow, as if something inside me gave me strength in spite of myself, I managed to say “Yes.”

In those months, God taught me to love him in a way I had heard of but never experienced, and to love even the cross with great joy. In December I heard a Legionary preach about changing society for Christ, and decided the same weekend to apply for the Candidacy, which I entered the following June, 2004. In the Legion, the movement God began in me went deeper than I ever would have imagined, continuing to transform me, in spite of my own weakness. He has shown me that my generous disposition at the beginning was there so that I could let him work through me as a priest. It was the blood from his wounded heart that touched me the most, because I knew he wanted my heart to be wounded like his, bleeding like his, and I knew that if I united my heart to his he could say “now I have a friend to suffer with me.” What joy and gratitude we would have towards each other if we shared this suffering for the whole world! I knew that all throughout my life I had been chosen to give myself to all men in this way, and that he kept offering, not forcing me, saying “if you want to, choose to have your heart pierced with mine” and how many times, by his grace, I said “yes, I choose it”.

 Fr. Adam Zettel, L.C., was born in Walkerton, Ontario, Canada, on August 8th 1984. He is fourth in a family of 6 children. He entered the Legion of Christ after studying one year of Liberal Arts, and did his Novitiate and Humanistic studies in Cheshire, Connecticut. After completing a Bachelor’s in Philosophy in Rome, he was asked to help with the formation of Legionary novices, first for one year in Cheshire, then at the Novitiate in Cornwall, Canada. There he professed his perpetual vows on the 18th of August 2012. He did youth work for one year in Michigan before returning to Rome to complete his studies, where he is currently obtaining a license degree in Theology.

Nicolás Núñez Moreno, L.C.

Serendipity

“Lo esencial es invisible para los ojos, sólo se puede ver bien con el corazón”

 

Yo no tenía que haber nacido… Mis padres llevaban 15 lentos años sin poder tener hijos y el tiempo se le iba a mi madre, hasta que, por la intercesión de San Nicolás de Bari, por fin llegó mi hermana mayor. Nació guapísima, pero la alegría llevaba una espinita… A mi madre le descubrieron un tumor en el útero y le tuvieron que extirpar media matriz. Todo hacía francamente difícil otra concepción; sin embargo, Dios quiso sorprender tres años después con un embarazo gemelar algo especial. Digo “especial” porque mi hermano y yo somos “gemelos idénticos”, lo cual significa que uno de los dos no estaba previsto en los planes humanos. De uno sólo hemos nacido dos, literalmente. Suena bien, pero mi madre tenía 45 años, media matriz y un embarazo gemelar suponía un riesgo fuerte para los tres… de hecho nacimos prematuros, con 26 semanas (seis y medio meses). Lo lógico era no nacer, mis padres pedían un hijo sano como máximo, y nacimos dos…

“Serendipia” es un suceso especial, algo que sólo sucede a la gente que arriesga, que lucha por alcanzar algo, que se pone en camino y, por estar en camino, descubre algo mayor de aquello que buscaba.

A los 12 años dejé mi casa. Mi hermano gemelo quería ir al seminario y yo le acompañé pensando que sólo sería un verano… Yo no quería ser sacerdote. Tenía los mismos sueños que cualquier chico de mi edad: buscaba sólo divertirme, tener nuevas experiencias; pero descubrí algo mayor.

Han pasado muchos años desde el momento que acepté la posibilidad del llamado de Dios en mi vida. Yo era entonces un adolescente y aquel “sí” ha tenido que madurar, crecer conmigo. Siempre ha sido sumamente fuerte la motivación de dar la vida por quienes quiero. Pensando en mis amigos, familiares y sobre todo en la niña que me gustaba, veía que tenía la opción de pasar una vida a su lado, luchar por hacerla feliz unos 10, 30, máximo 80 años; o luchar por ganarle la eternidad y tenerle para siempre. Se trataba de cambiar unos años juntos, por la eternidad junto a todos aquellos a quienes quiero. Suena bonito y parece generoso, sin embargo, un día caminando por las calles de Roma, yendo de Piazza Navona a Sant’Andrea della Valle, íbamos hablando un poco de esto y una amiga me preguntó si yo creía que Dios me pedía comprarle la felicidad de las personas que quería a cambio de la mía… La pregunta fue una especie de bomba atómica espiritual por todas sus consecuencias para mi vida. Dios me hacía ver que no me quería como “carnada” para la felicidad de otros, sino que buscaba mi felicidad.

No estaba acostumbrado a poner mi felicidad en primer lugar y revivieron en mí grandes sueños: formar una familia, realizarme, ir cumpliendo metas… quedando en entredicho que mi lugar fuese el sacerdocio. Fue un tiempo lento, de mucha confusión, donde no dejaba de pedir a Dios: “Indícame el camino”, “muéstrame tu rostro”, “tengo sed de ti”… El tiempo pasaba y Dios parecía no responder, sólo se repetía en mi interior un estribillo: “a donde tú vayas, yo iré contigo”. Me hacía sentir infinitamente libre, respetado, querido; parecía no importarle a Dios si dejaba la vida religiosa, el sacerdocio, etc., estaría ahí siempre conmigo. Sin darme cuenta, me estaba pasando lo que en la novela “Bianca come il latte, rossa come il sangue” de Alessandro D’Avenia… soñaba con alguien que se iba, cuando tenía la respuesta a mi lado. Había una persona que sutilmente había estado ahí esperando sin imponerse, dispuesta a morir por mí felicidad de modo incondicional.

En ese periodo diversas cosas me habían llevado a meditar continuamente las palabras de Cristo «nadie tiene mayor amor que aquel del que da la vida por los amigos» (Jn 15, 13), hasta experimentar que la felicidad profunda sólo puede venir de sentirse amados así, o sea: incondicionalmente. Fui comprendiendo que esa era justo mi historia. Repasaba mi vida y veía que mi historia no eran sólo unos años, unos sucesos o unos lugares, sino todo esto cargado de significado por el tiempo pasado junto a un amigo. Cualquier cosa cobraba valor asociada a un sencillo momento a su lado. Era como cuando vuelves después de mucho tiempo a visitar un lugar en el que has vivido y recuerdas: Aquí estuve con tal, ahí pasó aquello, este era mi lugar preferido… En pocas palabras fui percibiendo que lo maravilloso de mi historia era la presencia de Dios en mi vida. Él era el pozo que buscaba en el desierto, como aquel del pasaje de “El Principito”: «Aquella agua era algo más que un alimento. Había nacido del caminar bajo las estrellas, del canto de la roldana, del esfuerzo de mis brazos». Su compañía no era un ingrediente para mi felicidad, sino toda mi felicidad. Tal vez me había acostumbrado, pero sólo Dios explicaba mi vida y sólo por él tenía sentido. Me había “domesticado”. Podría haber infinidad de “rosas”, pero lo que hacía más importante a mi “rosa” era el tiempo que yo había perdido con ella…  mejor dicho, el tiempo que él había perdido conmigo. Mi vida es feliz gracias a ese amor que está dispuesto a morir por el sueño de quien ama. Si dejase de haber en el mundo personas dispuestas a dar la vida por los amigos, mi historia y la del mundo se volverían una farsa y un triste sinsentido… Mi llamada ha sido así de sencilla, sin efectos especiales, simplemente ponerse en camino y descubrir que Jesús, desde la cruz, me ofrecía la oportunidad, si yo aceptaba, de perpetuar este amor con el sacerdocio, de revivir cada día el memorial del amor que alimenta mi vida y la del mundo; y estar ahí para cuando haya que decir en su nombre “yo te perdono” pues este amor no te dejará de amar jamás.

Impone mucho lo que significa ser sacerdote para vosotros, por eso hago mío lo que San Agustín decía a sus fieles: “Si me asusta lo que soy para vosotros, también me consuela lo que soy con vosotros”. Un millón de gracias a mis padres, familiares, amigos, formadores, compañeros, alumnos y personas que hacen tan especial mi vida.

El P. Nicolás Núñez Moreno, L.C., Nació en Guadalajara en 1986, creció en Morelia de donde entró al seminario menor en 1998. En 1999 fue enviado a la fundación del seminario menor de Guadalajara. Ingresó al noviciado en Monterrey en 2002. Cursó los estudios de humanidades en Salamanca, España, de 2004 a 2006, año en que fue trasladado a Roma para estudiar y colaborar en la sede de la Dirección General de la congregación. Trabajó por tres años como formador en el centro vocacional de Monterrey donde emitió su profesión perpetua en 2010. A su regreso a Roma en 2011 cursó la licenciatura en filosofía, el master en ciencia y fe y el bachillerato en teología. Desde agosto de 2016 desempeña su labor en el bachillerato Everest de Madrid y con los jóvenes del Regnum Christi en la zona de Monteclaro.

Michael Baggot, LC

“These things I have spoken to you, that my joy may be in you, and that your joy may be full.” (John 15:11): the Lord called a young agnostic to be his priest

The priesthood remained in the collegiate years that followed a possibility, but not an obsession. It was foolish to treat the Lord as a rival to my joy and fulfillment, since He had already shamed my pride in leading me to embrace the faith I had so often mocked. I was a slow and stubborn student of the divine pedagogy as I continued to learn many lessons.

The whispers of a priestly vocation interrupted the usual peace of my thanksgiving after Mass. Only months before beginning college, I was baptized, confirmed, and received first Holy Communion at the Easter Vigil. As a freshman, I sensed in the chapel an invitation to bring Christ’s Eucharistic presence to others and to draw wandering souls to the solace of confession. My neophyte theology was sufficient to connect these two sacramental attractions to the priesthood, but these longing abruptly turned to revulsion as reflected on the privations of the priestly life. Had not the Lord already asked enough of me? At times the demands of Gospel living weighted heavy upon a conscience formed in comfortable secularism accustomed to dictate its own law. God’s objective law clashed was already clashing my human securities. I had set aside the cheap thrills of my pampered peers, but thought it audacious to renounce as well the legitimate consolations of the married state. I would please the Lord best raising a hoard of children as a faithful father. Other men could be priests; the Lord was asking too much.

My interior misgiving never, however, separated me from the Mass. I continued to attend and to remain in thanksgiving for so great a gift. I rarely experienced sensible consolation in my Eucharistic thanksgiving, but thought it unfitting to run back to daily life after the King of the Universe deigned to nourish me.  Over time my resistance subsided. I knew that I did not need to decide my future immediately and still had more than enough work ahead in learning what it meant to pray and live as a Catholic. The priesthood remained in the collegiate years that followed a possibility, but not an obsession. It was foolish to treat the Lord as a rival to my joy and fulfillment, since He had already shamed my pride in leading me to embrace the faith I had so often mocked. I was a slow and stubborn student of the divine pedagogy as I continued to learn many lessons.

Christendom College provided me with a full immersion in Catholic culture. Literature, History, Science, Philosophy, Theology, were woven together into an integral worldview in which the story of the world began to make sense. There was more now to my life than the weekend; more on the horizon that a rich retirement. My university studies thus offered the leisure to penetrate the original works of the best thinkers of the Western Canon as I constructed a comprehensive catholic vision. Years earlier, figures like Augustine and Aquinas had taught me that it was possible to be an intellectually serious believer. Now their thought could more fully shape my own as years of accumulated secular prejudices and biases melted before the scorching ray of truth.

My formation was not, however, restricted to the wisdom of the classroom or the library. Whether realizing the work of others or enacting my own compositions, I thrilled in entertaining and occasionally inspiring others through stage performances. The practices involved also honed bonds of comradery between my performing peers.  I thus found a modest outlet for my dramatic talent that taught me communication skills indispensable for a life eventually dedicated to preaching. In addition to developing in the artistry of drama, I learned the new art of dance. While I was initially reluctant to waste my time of such frivolities, I soon came to appreciate it charm. The dances were both surprisingly fun and surprisingly formative. As a boy, I had been warped in a hyper-sensual culture that presented girls as objects of selfish delight. The ballroom was a place where gentleman respected the dignity of their complementary companions. The rules of the dance allowed for intimacy without invasion and fostered a beauty without banality.

Off campus, I often visited the DC Planned Parenthood center where I would pray and offer counsel to families entering for abortion. Snarky orange-vested Planned Parenthood volunteers would attempt to distract would-be victims lest they stop to speak of an alternative to killing their innocent children. Their stubborn tenacity in devoting their Saturday mornings to such infernal occupations inspired my own resolve to rise early each weekend to attend 7 am Mass before driving to the nation’s capital to pray and work for life under sun, rain, or even snow. The jarring contrast between good and evil made more evident the reality of spiritual warfare. Our enemies were not of flesh and blood. The doctors who were betraying their healing art to kill and the volunteers convinced they were serving the women they were damaging were in desperate need of God’s saving grace. Before such spiritual maladies, I appreciated more acutely the priest’s unique role as doctor of souls and considered again my own possible calling.

At the heart of Christendom’s role in forming my Catholic ethos was its function as a school of prayer. Early in my studies, I implemented the sage advice of committing the first half hour of my day to mental prayer in the chapel each morning, no matter how late the events the previous evening continued. I also joined fellow students who would gather daily in the chapel to bookend the day with communal Lauds and Vespers. Classes would cease at midday so that student and professor alike could share the pews and fill Christ the King Chapel with the Lord’s praises during the Holy Mass.

The drama of sanctity could be lived in the isolated fields of Front Royal, tucked within the Shenandoah Valley. No barbarians stormed the hills to slaughter us in hatred of the faith, but each day offered its small deaths to sin and selfishness. Living in community was an enriching change from my youth as an only child. I spent my senior year as the Head Resident Assistant, a position that enabled me to see the best and the worse of my peers. It was an invaluable opportunity to set aside my personal preferences to serve those around me. Though the work left me often tired, I thanked God for the chance to meet, accompany, and support a wide range of students, many of whom I never would have known as well without the leadership role entrusted me. The responsibility for the good of my students also spurred me to a fuller dependence upon God’s grace. I would therefore offer fasts most Fridays of the year for the spiritual benefits for the needs of those around me.

During senior year, I also made my first visit to the Legionaries of Christ seminary in Cheshire, Connecticut. My first contact with the congregation came via a link on a page of recommended religious orders on the Ratzinger Fan Club website. The young, expanding, dynamic order with presence around the world and Papal encouragement piqued my interest. I discussed a trip to one of the many Test Your Call retreats with a friend, but our plans never materialized. However, during the Christmas break of 2006, I finally met the Legionaries in person for the first time. The energy, enthusiasm, dedication, and charity of the men immediately impressed me. The young men gathered from around the world were eminently talented and could have pursued successfully fields that would have permitted them a family and a room more luxurious than a cubicle. They spoke of transforming the world for Christ and were willing to cooperate with grace in the hard work of interior transformation without which all other apostolic aspirations remain vain dreams. Whether praying in the chapel, sweeping the halls, playing basketball, scrubbing toilets, or studying Latin, they combined a virile strength and kind charity in all of their activities. My initial week with the group left me much to consider, but I was not yet ready to commit.

During my years of college, the married state remained a live option. One young lady in particular made such noble vocation more attractive. Her laughter brought me more joy than my own. I could think of no one who would make a better wife and mother and yet I could not quite give my heart to her fully. I cannot explain why and would have been dismissed as a fool had I ever dared voice my inarticulate conviction that the Lord was calling me to serve him in a particular way. Through a singular grace of the Lord, I have never regretted explaining to her my decision to join the seminary under stars outside the hall of our final dance.

I began my formation with the Legionaries in Cheshire in the summer of 2008. Candidacy was a delightful blend of prayer, sports, study, and fellowship for two months. Together, we discerned the Lord’s call, grew in Christian virtue, and transitioned from the habits of our previous lives to those of the religious state. By the end of the program, I was eager to begin the rigors of novitiate life, confident that the Lord would continue to transform me. Indeed, novitiate stretched each of us, both physically and spiritually. We moved briskly from Adoration, to physical training, to Gospel studies, to kitchen work as we strove to serve the Lord and our brothers with utmost generosity. I had never prayed so much nor showered so often in my life. Just as I settled in to the novitiate’s intense rhythm, rumors circulated in early December that our oversized novitiate class would be sending some of its own to other Legionary novitiates around the world. I wondered whose life might be changed, but thought little more of the rumors. On the eve of the Solemnity of the Immaculate Conception, our novice instructor publically asked me “Sprechen Sie Deutsch?” He had a renowned sense of humor, so assumed he was kidding. However, as he continued to announce the destinations of other brothers, I realized he was serious. After a brief trip back to Virginia to see my parents, I found myself in the German novitiate in time to celebrate Christmas oversees.

For someone accustomed to academic success, not knowing how to ask for salt—let alone articulate deeper insights—was humiliating. My new companions showed me exquisite patience and charity, but could not relieve fully my frustration. As I peeled potatoes with a stranger with whom I could not communicate, I wondered what I had done with my life. Nonetheless, the dream of someday brining Christ Eucharistic presence and the mercy of Reconciliation sustained me in the darker moments.

Only months after settling in to my new home abroad, news broke of Marcial Maciel’s despicable sins. I was difficult to fathom how a man held up as a model of sanctity and apostolic labor could have been guilty of such abominations. I prayed for the victims of his crimes and wondered what consequences these truths would have for the congregation. In the midst of the confusion, I could but entrusted myself anew to the Lord. I knew that the charism of a religious order belonged to its founder. St. Francis would have been the first to attribute the origin of his order to Lord rather than to his own human ingenuity. I waited patiently for the Church’s guidance and clung firming to the rock of Peter in the person of Pope Benedict XVI. In my apostolic internship after my first profession, I learned to confront with a spirit of reparation the sufferings Maciel’s betrayal caused those who had trusted him. At the same time, I saw while working in Chicago with the Lumen Institute the manner in which Legionaries were continuing to serve through the sacraments, spiritual direction, schools, and camps.

In the summer after my first year of internship, I enjoyed my first experience of Mexico as an Assistant in the Curso de Hispanidad for diocesan seminarians and priests interested in learning the Spanish language and Hispanic culture. At the end of my enriching stay, I received word that I would spend my next year of apostolic work teaching at Pinecrest Academy in Atlanta, Georgia. I thus returned to Chicago to pack my bags and share a goodbye dinner with my community before returning to the airport for a red-eye flight in time for orientation at Pinecrest. While I would have preferred teaching university students, I treasured the challenges of teaching over a hundred middle and high school boys. Unlike adults, boys are incapable of polite boredom during a dull class. Their instant feedback allowed me to develop courses that channeled their energy and engaged their interest. It was a true school of pedagogy in which I was constantly planning and adapting how best to transmit the faith in a manner that would make a lasting impact.

After a rewarding year at the school, I came to Rome to begin a licentiate degree in Philosophy. After years away from sustained formal studies, I welcomed the chance to examine more attentively the chief questions that shape lives and cultures. The formation received would later enable me to begin teaching at our university Regina Apostolorum during my subsequent theological studies.

My years of theology brought a more profound contact with sacred scripture and the great theologians of Church history. Outside the classroom, I continued work begun in 2011 with the UNESCO Chair of Bioethics and Human Rights. As a tour guide of the eternal city, I was able to relive the thrill of first seeing Rome with those who were visiting from afar. In particular, I worked as one of the Vatican Museums official guides for the Art & Faith tour that synthesizes art, history, and spirituality. I also helped to cofound the UpperRoom Holy Hour and Social for university students from around the world studying abroad in Rome. I also worked as a mentor for the Sinderesi program that forms university students in the current issues in light of perennial philosophy and the social doctrine of the Church. My summer experience before my final year of theological studies was spent in the Manhattan offices of the journal of religion and public life First Things, where I wrote weekly articles, proof read articles, fact checked pieces, participated in events, and enjoyed the friendship of the hard-working staff.

My final year of theology studies culminated with my diaconate ordination in St. Peter’s Basilica on May 13 at the hands of Cardinal Angelo Comastri. Prostrated on the ground in the heart of the Church, I sensed my own weakness and utter dependence upon God’s grace. The prayers of the earthly congregation joined those of the heavenly host in the litany of the saints to strengthen us to rise from our weakness for the laying on of hands. As we transitioned to the consecratory prayer of the Cardinal, I listened to the words I had been meditating upon in the previous days. I imagined the words essential for the validly of the ordination in the bold text of the ordination booklet as they were being pronounced in my presence. I glanced up at Bernini’s Holy Spirit window and then back down at the successor of the apostle through whom the Spirit had just worked to make me His deacon. The nerves present at the beginning of the ceremony subsided as the joy of the moment filled me. Moments later, my rector clothed me in the stole and dalmatic for the first time so that I could take my place among the clergy in the celebration of the Liturgy of the Eucharist.

Deacon Michael Baggot, LC was received into the Catholic Church on the Easter Vigil of 2003, after a high school conversation from agnosticism. He then graduated summa cum laude from Christendom College with a B.A. in Philosophy, before working in Rome as a Resident Director for the school’s study abroad program. In 2013, he received a licentiate of philosophy summa cum laude from the Pontifical Athenaeum Regina Apostolorum in Rome. Prior to entering the seminary, Baggot reported on prominent bioethical issues as a writer for the Toronto-based LifeSiteNews organization. He joined the Legionaries of Christ in 2008 in Cheshire, Connecticut and then spent his initial period of seminary formation near Cologne, Germany. He later worked as an assistant for the Curso de Hispanidad in Mexico City and as a teacher at Pinecrest Academy in Atlanta, Georgia, before returning to Rome for further studies. He has worked as the Correspondent of the UNESCO Chair in Bioethics and Human Rights since 2011, during which time he has penned articles for the organization’s website and for the scholarly journal Studia Bioethica. In 2015, he began contributing to the journal of religion and public life First Things. He he has taught in the Faculty of Philosophy at the Pontifical University Regina Apostolorum. In addition to prayer and study, he enjoys singing in the choir, playing basketball, and giving tours of the Eternal City.